Mitologías Ciudadanas

José Fabio Rivas

Hasél, ni como pretexto

Para mí, en esta tragedia (la catalana, la española), el tal Pablo Hasél representa el personaje -no lo conozco personalmente-, del mamarracho zafio y vulgar. Del matón de barrio, del chulo de barra de bar, del incendiario, del mala persona, del rapero impostor y sin talento, del niño rico y mimado al que le falta un buen hervor y muchas dosis de oportunos y didácticos "alpargatazos". Así que hablar de libertad de expresión en el contexto de su detención, ni como pretexto me parece apropiado, pues es adentrarse en el laberinto sin salida de un juego de espejos perversos. Que un personaje así -al que, por supuesto, no voy a caer en la tentación de calificar psicopatológicamente-, sirva como pretexto para reflexionar sobre el derecho inalienable a la libertad de expresión y a los deberes que ese derecho concita, me parece una antítesis pueril. El deseo de ensanchar los límites de la libertad de expresión es un anhelo más que justificado de los ciudadanos libres, críticos y responsables. Lo mismo que denunciar las situaciones en las que, con argucias, los poderosos, los gobiernos y los medios de comunicación, intentan anularla, encorsetarla, tergiversarla... En consecuencia, no aludiré más a ese Pablo Hasél. ¡Maldito sea…!

Ahora bien, además del interés por el derecho y los deberes de la libertad de expresión (Consúltese a este respecto el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el artículo 20 de nuestra Constitución), interés al que deberíamos dedicar tiempo, reflexiones y sosegadas lecturas, no para encincharla, sino para ampliar continuamente los espacios ciudadanos en los que esta debe florecer y dar sus frutos, que siempre deben ser de libertad, hay por lo menos otros dos elementos que subyacen en las algarabías violentas que, como descerebrados botellones juveniles, estallan en Cataluña (en Barcelona, sobre todo), una y otra noche.

El primero es la frívola irresponsabilidad que continúan mostrando muchos de los partidos supremacistas y nacionalistas de izquierda y de derecha -léase ERC, JxCat, la CUP…-, ante esta clase de desórdenes callejeros, dispuestos a sacar rédito político de la supuesta falta de libertad del Estado español (esa sería para ellos la razón por la que los jóvenes rompen los contenedores y asaltan los comercios), fruto de la cual también sería el "exilio" dorado en el que se encuentra Puig(Tump)demont.

Y el segundo, y este sí lo digo con respeto, pues tiene que ver con nosotros, con nuestros hijos y con el futuro de nosotros y de nuestros hijos. Me refiero a la situación educativa, familiar, laboral y social de los jóvenes españoles, de esos 9 millones largos de españoles, entre 16 y 29 años, en los que se ceba el paro, las condiciones laborales más precarias, los salarios de miseria, la dificultad humillante y deprimente de no poder emanciparse del hogar paterno y de construirse un proyecto de vida autónomo y digno, a pesar de que, en muchos casos, laboralmente, están más que sobre cualificados, pues no todos son "nini". Jóvenes frente a los cuales se abre un futuro no incierto, sino oscuro y sin perspectiva. Esto sí que nos debería hacer pensar: que España ha dejado de ser un país para jóvenes. ¡Maldito somos!

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios