Dado el tono extremadamente belicoso de la campaña hoy, más que el día de reflexión, parece la jornada de calma que precede a toda gran batalla. Si en algo estamos todos de acuerdo es que estas elecciones pueden suponer un hito en nuestra historia democrática. El líder de Vox en un mitin reciente ( "Vaya panda de fachas que nos hemos juntado esta tarde en Sevilla") pronosticaba que ellos serán en estas elecciones lo que fue el PSOE en el 82. Eso si que es venirse arriba. Aunque está bien para entender el verdadero significado de la disyuntiva a la que nos enfrentaremos: aquel triunfo del PSOE (202 diputados) ponía punto final a la transición y la izquierda gobernaría en España por primera vez con mayoría absoluta. Hoy, al no ser posible un triunfo de aquellas proporciones, nos evitamos tener que imaginar qué sería algo así en manos Vox.

Ha sido una campaña bronca en la que el odio ha asomado. El de la brutalidad del independentismo totalitario y también otro más sutil, más estratégico. Desde el punto de vista teórico, en democracia se confrontan distintas formas de entender el bien. Suena algo naïf, pero reducir por el contrario las diferencias ideológicas y estratégicas a una lucha entre el bien y el mal es predemocrático.

Parecía que el eje territorial desplazaría al de izquierda-derecha, pero lo que ha sucedido es que el primero se ha incrustado en el segundo. La derecha se pelea por ver quién tiene la bandera más grande. El PSOE ha evitado entrar en el juego de patriotas y en UP no está en su naturaleza. La derecha habla una España de ciudadanos libres e iguales para rechazar los privilegios territoriales. Un principio fundamental que no aplican en Navarra y Euskadi. Pero lo que sí puede suceder es que su prometida "revolución fiscal" nos haga a todos más desiguales. Así que lo que en realidad plantean es que seamos libres e igualmente desiguales en casi todos los territorios.

En la campaña se ha jugado al achique del espacio. Rivera ha pedido varias veces matrimonio a Casado para conjurar la supuesta tentación de pactar con el PSOE. También UP ha puesto en el centro de su argumentario el fantasma de un apócrifo pacto Sánchez-Rivera. Es significativo que se interprete como debilidad lo que debería ser una fortaleza: ser los únicos partidos que, llegado el caso, podrían alcanzar pactos transversales que evitasen tener que contar con los extremismos nacional populistas de uno y otro signo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios