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Hijos pródigos

Los hijos pródigos de la nueva Europa aprenden a elegir sus valores en función de la libertad y la razón

Vivir en Europa permite que puedan venir otras voces, a las que cabe considerar propias, para que opinen como si procedieran de alguien que habla desde dentro. Y España necesita, quizás más que nunca en los últimos años, la palabra de quienes están fuera, pero viven los recientes conflictos españoles como si les tocara muy de cerca. La situación política del país es preocupante, con el partido del Gobierno en fase agónica, corroído por la corrupción y la inoperancia, y con un partido socialista cuyo secretario general se dedica a acorazar su poder, engrasando a su favor todos los mecanismos decisorios del aparato de partido, confiando incautamente que así no le reprocharán los votantes sus vaivenes políticos y la previsible volatilidad de sus ideas. Si se añade, para colmo, una izquierda populista, cuyas propuestas obligan a pasar de la risa al llanto, el panorama es poco reconfortante.

Por ello las visitas y, sobre todo, las palabras de Manuel Valls, antiguo primer ministro francés, tienden un estimulante puente. Muchos han interpretado este frecuente "descenso" a la Península como una forma de compensar su anterior fracaso a la hora de ser elegido, en las primarias de los socialistas, como candidato para la presidencia de la República. Pero incluso aunque así fuera, por qué no agradecer que aquella decepción lo haya empujado a recuperar e intervenir en los asuntos políticos de España, su tierra (nació en Barcelona) y la de sus antepasados.

Europa significa la posibilidad de nacer en España, en una familia catalana, criarse en Francia, llegar a ser en este país de adopción una de sus máximas autoridades, pero también sentirse involucrado por cuanto acontece en tu país de origen y regresar a él, como un hijo pródigo, para ofrecer ideas y experiencias. Frente a los que se encierran en una orgullosa y fija cápsula, Manuel Valls ha salido a las calles catalanas, como hombre de a pie, no a recibir congratulaciones de hijo predilecto y medallas impuestas por el secesionismo. Ha venido a España para decir sin ambigüedades que el "nacionalismo es la guerra" y equivale al "fin del proyecto europeo". Una hermana suya, Giovanna, le ha reprochado haber olvidado sus orígenes y a su abuelo Magi Valls, que fue un factotum del catalanismo. Quizás ella, inmersa en ese mundo de identidades fijas, no sospecha que los hijos pródigos de la nueva Europa aprenden a elegir sus valores en función de la libertad y la razón y no para seguir con fidelidad los viejos lazos familiares.

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