LOS ayuntamientos chicos los carga el diablo. La alcaldesa de Canillas de Aceituno, socialista ella, se sostenía en su silla gracias a Izquierda Unida hasta que liquidó el pacto. Aun sin una mayoría el sentido de la responsabilidad del Pleno podía salvar la gobernanza, siquiera negociando el alumbrado farola a farola, llegado el caso. Pero a los ediles de IU despojados de su autoridad no les queda humor: han presentado una moción de censura con los populares. Cosas veredes, Sancho amigo.

Esto no se queda en una pequeña intriga consistorial. El coordinador provincial de IU, José Antonio Castro, ha advertido a sus ediles de que si apoyan a un alcalde del PP se la cargan. Cuidar la propia imagen no es frivolidad ni hipocresía; la democracia consiste en debate público, hablar ante los demás. Qué menos que ir vestido de limpio. Antes IU parecía cómoda con su función de Pepito Grillo o mosca cojonera pero con responsabilidades administrativas -las encuestas dicen que está tomándose el aperitivo- no puede permitir que a cambio de una plaza menor se la llame aprovechada. ¿Para qué quiere Castro una tenencia de alcaldía? ¿Para que Cayo Lara intervenga y le saque los rojos colores?

El encantadísimo Francisco Oblaré, vicesecretario provincial del PP, dice que no lo hacen por el interés de los partidos sino por el de los vecinos. Claro; a los partidos les va a dar igual: Bendodo no necesita Canillas para consolidarse en la Diputación, aunque sus votantes no le hacen tantos ascos como los de IU a pactar con seres de otro planeta. En cuanto a Izquierda Unida, va a quedar peor que el Lengua. Esta conjura se forma ante todo por el interés del vecino Vicente Campos, portavoz del PP y próximo alcalde, según se ve venir. Si no es hipocresía mantener higiene en la liza, sí lo es lo del socialista Cristóbal Fernández cuando denuncia la maldad intrínseca de la jugada: la moción de censura es un instrumento legal y legítimo que solo molesta a un partido cuando otro se la interpone. Si les repugna, que la saquen del ordenamiento, ya que la vergüenza torera no les basta para evitar tentaciones. Con casos como este se entiende que apelar a la regeneración ética es absurdo; ciertas conductas solo se pueden imponer sancionando al infractor. Que se lo pregunten a Castro, quien, para no perder papeletas electorales, un día sí y otro también tiene que vérselas con nuevas y jaquecosas papeletas.

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