ESTA historia es bien conocida: cuando Fernando de los Ríos viajó en 1920 a la URSS para calibrar de primera mano las posibilidades del ingreso del PSOE en la Tercera Internacional, tuvo ocasión de entrevistarse con Lenin, quien le expuso todo el plan del gobierno soviético para los años siguientes. Cuando el rondeño le preguntó qué espacio quedaba para la libertad en semejante desarrollo, Lenin le respondió con otra pregunta: "¿Libertad? ¿Para qué?". Es cierto que, por mucho que algunos se hubieran aventurado a dar respuestas de antemano ya desde Sócrates, pasando por Séneca, la pregunta no dejaba de ser peliaguda ni deja de serlo en el presente. La libertad es una responsabilidad embarazosa a la que más de cuatro estarían encantados de prender fuego siempre que quedaran garantizadas la manutención y la vivienda, o al menos eso cabe sospechar. La libertad implica tener que dar la cara, levantar el dedo cuando alguien pronuncie nuestros nombres, apechugar con las decisiones asumidas y lidiar con la evidencia de que lo que hacemos, pensamos y escribimos no va a gustar a todo el mundo. En el fondo, estrictamente hablando en términos de utilidad, la libertad no sirve para nada: se puede gobernar perfectamente un país y proveer de suficiente felicidad a los ciudadanos dejando lo de la libertad para otro día. Sin embargo, la pregunta de Lenin sí tuvo una respuesta a la altura. La mejor, más elevada y más certera contestación que podía ponerse sobre la mesa. La pronunció Albert Camus, cuyas simpatías con Lenin, desde luego, experimentaron una evolución significativa a lo largo de los años sin que el francés incurriera ni una sola vez en contradicción, paradoja ni aprovechamiento. La respuesta en cuestión dice así: "La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor". Y ya está. Lo que nos define como seres humanos es, precisamente, esa oportunidad. No estamos programados ni sometidos a instintos permanentemente: existe la voluntad y, con ella, la opción de hacer lo correcto.Pienso en todas estas cosas al leer las últimas noticias sobre Juan Cassá, el gran aspirante a alcalde de Málaga, el hombre que imaginó una ciudad llena de rascacielos y con un centro sin vecinos ni paseantes pero con muchas oficinas a la mayor gloria de una city financiera. El mismo Juan Cassá que, en fin, nunca se hizo entender del todo, seguramente porque tampoco llegó a comprender bien la naturaleza de la ciudad en la que quiso prosperar como político. Pienso en el enorme poder que el destino ha dejado en sus manos tras su renuncia a seguir en el partido que una vez entrañó su plataforma y su compromiso, en el jaque letal que podría plantar al gobierno municipal si quisiera. Pienso, también, en la libertad de que dispone. Y en la ocasión, entonces, de hacerlo bien de una vez, de irse y de no volver, de dar por cerrada la herida y su segura decepción y empezar de cero fuera de la política, ser útil a Málaga de otra manera. Pero, ay, 90.000 al año son muchos euros. O no.

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