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'Jacindamanía'

La primera ministra de Nueva Zelanda ha dado una lección de naturalidad y empatía tras la matanza de hace una semana

Una conocida compañía de seguridad basa su publicidad en inducir alarma sobre robos y ofrecer una moderna central con sirena para conjurar el miedo creado. La palabra alarma primero es inquietud y después es el mecanismo de aviso que nos da seguridad. Así funciona la política postmoderna. Hay excepciones. El mundo mira estos días a Nueva Zelanda tras la matanza perpetrada por un ultraderechista en dos mezquitas. Allí, una joven primera ministra de 38 años ha actuado con firmeza sin alardes.

En un momento como el que vive España, en el que las estridencias son rasgo común en todos los líderes, es un alivio observar la naturalidad con la que Jacinda Ardern da seguridad a sus conciudadanos. Esa empatía ha disparado la popularidad de la líder laborista y desatado una jacindamanía. Aquí no es previsible semejante fenómeno. Estamos sumidos en una cultura del espectáculo en la que sectarismo y provocación acaparan los focos. El carisma es algo que se tiene o no se tiene, no se adquiere con la edad ni con marketing o propaganda, aunque se pueda afinar con la experiencia.

En todo caso, nuestros dirigentes políticos tienen todos más edad que Jacinda; sólo Casado es seis meses más joven. En la transición hubo cambios notables en la edad de los presidentes españoles. Pasamos de la gerentocracia de la dictadura a primeros ministros de 40, como González, o de 43, como Suárez, Aznar y Zapatero. Los candidatos en las elecciones de abril están en un corto segmento de edad: Casado 38, Rivera 39, Iglesias 40, Abascal 43 y Sánchez 47. Pero en general carecen de algo fundamental para un liderazgo colectivo, capacidad de integración. Cada uno desde su corralito defiende su bloque. Y en el extremo de la polarización hay ultranacionalistas de distinta laya que condicionarán el resultado final: ya sean independentistas catalanes o nostálgicos de la Reconquista.

Timothy Snyder en El camino hacia la no libertad [Galaxia de Gutenberg, 2018] cuenta cómo populistas y ultranacionalistas alientan las amenazas del pasado. Son políticos que fabrican crisis y manipulan las emociones provocadas por ellas. Desprecian y anulan los logros de los países, que podrían servir de modelo para sus ciudadanos. Utilizan la tecnología para transmitir ficciones políticas, niegan la verdad y pretenden reducir la vida al espectáculo y el sentimiento. Primero provocan alarma y luego nos venden una alarma que suene bien fuerte. Cara, con un enorme precio en libertad y progreso. Y aquí no tenemos una Jacinda Ardern para conjurar los riesgos.

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