Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Juliá

Los fotógrafos andaluces de la Transición fueron el revés de los viajeros románticos del norte, su imagen ha sido la real

El padre de Pablo Juliá se paseaba por Cádiz como si fuese un oficial británico salido de un relato de Kipling, y no por una pose impostada; basta fijarse en el hijo -el fotógrafo- para adivinar ese porte inglés del predecesor. Con un par de manos precisas, Pablo Juliá ha ido componiendo de modo elegante los últimos cincuenta años de Andalucía, que han sido los mejores desde que perdimos las Américas. Desubicada en otro nuevo mundo, fueron los viajeros románticos ingleses, franceses y alemanes los que la sacaron del olvido, aunque el precio que se cobraron fue demasiado alto, una distorsión imaginaria que fue comprada, sin embargo, por muchos andaluces.

Pablo Juliá, como tantos otros fotógrafos de la Transición (pienso en Kiki o en Eduardo Abad, por ejemplo), han sido el revés del romanticismo. Retrataron una Andalucía que aún era muy dura, pero que comenzaba a salir de ese pozo negro que estaba oculto bajo el espejismo orientalista. La exposición de Juliá en Sevilla, como antes en Cádiz, es un tributo a Andalucía, pero también a la profesión.

Verán, ser periodista es duro, pero ser reportero gráfico es terrible. Esto sólo lo aguantan tipos tan vocacionales como Juliá. Resisten a la vez que disfrutan y se morirán agarrados a la cámara para ver si tienen la suerte de fotografiar su propia muerte. Los periodistas somos como el perro de Goya, sabemos que algo muy fuerte nos va a caer, pero desconocemos el cuándo y el cómo, y si seremos borrados para siempre de esta sociedad saturada de información y de imágenes.

El caso de Juliá es aún más curioso, porque fue uno de los componentes de ese primer socialismo andaluz nacido en la dictadura que después gobernó España. Pudo ser dirigente, asesor, ministro o consejero, pero prefirió la lente y perseveró en ello desde -eso sí- una tribuna privilegiada. Le ha contado a Luis Sánchez-Moliní que está hasta los cojones de la foto de la tortilla, pero, hijo, Picasso también se hartó de que le preguntasen por el significado de cada figura del Guernica. ¿Por qué son esos dedos tan gordos?, le preguntó en París el lehendakari Aguirre al ver al soldado caído, y el malagueño, que debió ser fino, le respondió al vasco santurrón: son pollas.

Estos periodistas que comienzan y se jubilan en el oficio son tan extraños como los ornitorrincos, pero a la postre habrá que concluir, Pablo, que de tus amigos, al final has sido tú al que todo le fue mejor. Lo dijo Cela: quien resiste, gana.

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