Postales desde el filo

Lecciones de inglés

Es un hecho que lo ocurrido es la suma de decisiones erróneas y oportunismo político

El pasado 31 de enero aparecerá en los libros de historia como el de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Pero como en todos los hechos históricos, se estudiarán lo que aún desconocemos: las consecuencias sociales, económicas y políticas que serán el objeto de interés de los historiadores. No sabemos cómo lo contemplarán, ni si sus protagonistas serán juzgados como héroes o villanos. Puede que la imagen que recojan los libros de historia sea la foto, que aparecía en los periódicos, de unos trabajadores retirando, con cansina laboriosidad y en ausencia de toda retórica, la bandera de la Unión Jack de los edificios de las instituciones europeas. Aunque, a pesar de la trascendencia histórica de la fecha, esto no haya hecho más que empezar, aún queda lo más importante: meses de complejas negociaciones e imprevisibles resultados. Es un hecho que lo ocurrido es la suma de decisiones erróneas y oportunismo político. Lo cierto es que en el referéndum -convocado por un gobierno conservador que defendió la permanencia- votaron a favor de abandonar la UE 17.410.742 electores (51,9 de los votos, con el 72,2 de participación) de los 66.618.446 habitantes del RU. Que sólo una parte, un treinta por ciento aproximadamente, haya decidido una cuestión de tanta trascendencia para todos -y no sólo para británicos- no deslegitima un resultado plenamente democrático, pero sí pone de manifiesto lo inadecuado de ese tipo de consultas para dilucidar asuntos de tanta importancia. Obviamente se podría decir lo mismo del 68% que votó a favor de permanecer en el proyecto europeo en 1975.

De lo ocurrido en el RU hay cosas que deberían hacernos reflexionar. Lo primero es el grave error de Cameron que, para hacer frente a la división interna de los conservadores, convocó una improvisada consulta que ha acabado dividiendo dramáticamente a la sociedad británica y abriendo una crisis territorial, de imprevisibles consecuencias, en Escocia e Irlanda del Norte. Los laboristas, por su parte, no entendieron que en el centro del debate estaba la cuestión nacional o algo que iba más allá de la identidad ideológica. Su programa abiertamente de izquierda, con renacionalizaciones de empresas públicas privatizadas en la era Thatcher, no impidió que buena parte de su electorado le diese la espalda castigando su ambigüedad ante un asunto tan decisivo y enconado como el Brexit. Lecciones gratuitas de inglés que sus partidos homólogos españoles deberían aprovechar.

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