Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Líquido

La apuesta de la ruptura del bipartidismo y la llegada de nuevos partidos han salido mal; los resultados están a la vista

A la Historia le gusta hacer cortes limpios en base a hitos que marcan la separación de una época con respecto a otra: la caída de Roma, la entrada de los turcos en Constantinopla, la Revolución francesa... Esto hechos con una enorme capacidad simbólica sirven para comprender que hay goznes sobre los que podemos hacer girar el tiempo para explicarnos los grandes cambios que ha protagonizado la Humanidad, desde el esplendor clásico hasta el reconocimiento de los derechos inherentes a la persona. A una escala mucho más pedestre y cercana, la de la más reciente historia de la política española del último tramo del siglo XX y del primero del XXI, creo que no es muy arriesgado establecer un corte en 2004. Ese año con los atentados de Madrid y la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones más extrañas de nuestra democracia, empieza a hacerse líquido, como reflejó magistralmente Antonio Muñoz Molina en su libro, todo lo que era sólido. Hasta entonces el viento de cola que venía desde la Transición, aunque ya muy atenuado, había mantenido cierta nobleza en los liderazgos y en las políticas, que a partir de entonces ha sido mucho más difícil de rastrear. Basta recordar algunos nombres o actuaciones de los gobiernos de Zapatero, también algunas de las de Rajoy, para entender lo que tratamos de explicar.

Empieza en aquellos años, atravesados por la traumática experiencia de la crisis económica, un deterioro político e institucional que ejemplifica, con enorme contundencia, el camino que lleva a la abdicación de Juan Carlos I o a la escalada independentista en Cataluña. Ante un sistema que da muestras evidentes de agotamiento, la ciudadanía responde con la ruptura de sistema bipartidista y colocando en el tablero a nuevas formaciones que, en principio, venían a hacer una renovación en profundidad de la política española.

Pero la apuesta ha salido mal. Ahora hay cinco partidos -incluyamos a Vox, aunque no deje de ser una anomalía democrática- y las cosas no sólo no han mejorado, sino que han empeorado. Los liderazgos son los más débiles de nuestra historia reciente y la falta de proyecto de qué se quiere hacer con España es desoladora. Los personalismos tienen bloqueado el país. O mucho cambian las cosas en las próximas horas o estamos abocados a la repetición de las elecciones por la incapacidad de los dirigentes para pensar en otra cosa que no sea sus propios sillones. Todo lo que empezó a ir mal en 2004 va a peor 15 años después. Lo malo es que no parece que esto tenga final.

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