En las elecciones generales del 28 -A se produjo un gran triunfo de la izquierda. Al menos esa fue la sensación que dejó la noche electoral, aunque el número de votos obtenidos por cada bloque ideológico fuese similar. Nada indica que se vayan a producir un cambios significativos y como el procedimiento de asignación de escaños es distinto en cada una de las tres elecciones -dos en nuestro caso- del próximo 26 M, es difícil predecir cuál será la percepción el día después. El sondeo del CIS no recoge el efecto de las generales y las encuestas en anteriores autonómicas y europeas fueron poco precisas. Aplicando la simple lógica, como hace el portal Electomanía, se produciría la subida del PSOE y el sorpasso de Cs al PP. Pero lógica y política no siempre coinciden y menos en unas elecciones en las que influyen factores tan distintos. Pero no sabremos el verdadero valor de lo ocurrido el 28A hasta la noche del 26. La primera década de hegemonía del PP vino precedida de un gran triunfo en las municipales y autonómicas de 1995, en las que el PSOE perdió la mayor parte de su apoyo territorial. Puede que ahora ocurra lo contrario, aunque yo no me apresuraría a enterrar al PP. Es posible que si aquellas elecciones certificaron la alternancia y la consolidación del bipartidismo, estas sean su canto del cisne. Dado la variedad de la oferta, sólo la capacidad de construir alianzas determinará de qué lado caerá el poder.

Apenas si prestamos atención a las elecciones europeas, aunque todos sabemos que nuestro futuro depende más de las decisiones de Bruselas que las de la Casona del Parque. Pero el interés de elecciones está precisamente en la dualidad de lo global y lo local, de nuestro doble derecho como ciudadanos europeos y vecinos de nuestros municipios. Esto último nos viene dado por naturaleza, lo primero por decisión: desde nuestro ingreso en 1985 los españoles estamos entre los europeos que más creen en la integración de la UE. Ahora que las cuestiones territoriales envenenan el debate político y la convivencia en nuestro país, yerran quienes pretenden combatir el irracionalismo independentista invocando el viejo nacionalismo español. Al contrario, la fórmula es más Europa. Como dice Anthony Giddens: "Cada Estado miembro tiene más "soberanía neta" como miembro de la UE de la que tendría actuando de forma individual". No hay mejor respuesta al efecto disgregador de los egoísmos nacionalistas.

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