Estos días, precisamente de plenilunio, ha trascendido que la NASA ha descubierto más evidencias de agua en la Luna. Yo, que también manejo sueños por el universo pero con presupuestos más modestos, me he vuelto a sorprender al andar por la calle y encontrármela ahí, como una chincheta que se clava en el cielo y en la pupila de quien la observa. Magnánima sobre un ordinario amasijo de edificios ocres y blancos y el mal gusto de luces prefabricadas en focos de coches y semáforos predecibles. Con esa luz tan poderosa que diría que Dios ha encendido la lámpara del firmamento si yo no fuera tan agnóstico. Tan inmensa que no le basta una noche entera para ella, también precisa ser una cicatriz de plata en el mar y el brillo de su murmullo.

Leo para qué sirven esos avances de tener agua allí, aunque en mi cabeza solo imagino máquinas de construcción sobre la superficie lunar. Magnates levantando casinos donde se usan fichas con forma de luna. Hoteles con azoteas repletas de placas de luz lunar para presumir de ocio y consumo sostenible. Políticos sin escrúpulos jugando al Risk con ella. Músicos trasnochados sacando los codos para ver quién compone su himno oficial. Y quién sabe si el día de mañana los niños tendrán que comprar un mapa físico de la Península Ibérica y otro político de la República Lunática. Hasta una banda terrorista de liberación lunar financiada por los anillos de Júpiter me imagino.

Me indigno porque no nos lo pueden arrebatar. A las personas que tenemos los pies en la tierra, digo, a esas que hemos necesitado poco para viajar a la Luna. Allí donde hemos ido a bordo de una canción, justo antes de quedarte dormido o cuando te lo han regalado en una conversación de WhatsApp. Porque esa Luna es cada vez de una manera, incluso cambia en la misma persona según el viaje que haga. Los cráteres se pueden convertir en pequeñas piscinas, con su agua clara y caliente, su propia orilla, su buena compañía y un flamenco melancólico cantando dos cráteres más allá. Una Alhama en mitad del espacio. En ella se puede alunizar y alucinar a la vez, sin más dislexia que no saber si tienes los ojos abiertos o cerrados.

Una Luna con una máquina expendedora de besos y mimos. Con su oficina de peluches perdidos para niños que los extraviaron (al peluche y al niño que fueron) y un hospital donde se practican cirugías de sueños rotos. Hasta con la puesta de sol de La Caleta, esa que ahora es la más bella de España, pero con sus guías turísticos explicando que sus colores emanan de musas carnavaleras e hilos de guitarras mágicas. Una Luna sin cobertura con Houston y donde los problemas no tienen gravedad.

Miedo me da la NASA. Si se dedican a hacer áticos en la luna, a ver dónde iremos nosotros, los lunáticos.

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