Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

La Magna

Tiene mucho de revelador y más aún de contexto ilustrativo la posibilidad de llegar a la Magna a la sombra de la lectura del nuevo libro de María Elvira Roca Barea, 6 relatos ejemplares 6. En esta obra, recién distribuida en librerías, la escritora malagueña (autora del aclamado Imperiofobia y leyenda negra) se vale de diversos personajes históricos (desde Ana de Sajonia a William Shakespeare pasando por el mismo Lutero) para desmontar, con su elegancia marca de la casa, la propaganda protestante que en una Europa partida en dos y desangrada hasta la última esquina adjudicó a los territorios católicos, abrigados al amparo de la Contrarreforma, el papel de escoria, de lastre, de bulto ignorante y, claro, de basura intolerante y racista (mientras el mismo protestantismo hacía del antisemitismo uno de los pilares fundamentales de su identidad, pero ésa es otra historia; aunque confesaré, de paso, que siempre me ha llamado la atención la contundencia con la que se ha pedido a la Iglesia Católica explicaciones por su responsabilidad en la Segunda Guerra Mundial -y ya han sido varios los Papas que han pedido perdón- mientras que con las comunidades cristianas de la Reforma, seguramente por carecer de un líder común y reconocible, el fragor ha sido considerablemente más discreto). La cuestión que aborda Roca Barea no es menor por cuanto aquel escrúpulo luterano es el antepasado directo del nacionalismo supremacista que sufrimos en el siglo XXI no sólo en España respecto a Cataluña, sino en otros muchos enclaves europeos a cuenta de tantos iluminados que se consideran depositarios de derechos exclusivos por encima de los derechos elementales del vecino. Y sí, cabe localizar en la Reforma el origen del delirio que empuja a unos a creerse mejores que otros, más civilizados, más moralistas, más honrados. Por primera vez desde la caída de Roma, el enemigo no está más allá de las fronteras, sino en casa: en tal irrealidad, la disidencia es extranjería.

Aclara Roca Barea en el prólogo de su libro que no es católica, pero, insisto, la lectura de 6 relatos ejemplares 6 permite iluminar ciertas áreas de una ciudad como Málaga, en la que hoy saldrán a la calle diez procesiones y en la que ayer se celebraron, atención, sesenta besamanos. Es decir, quien quiera tildarnos de lastre a costa de semejante explosión de catolicismo elemental, como si la participación en estos ritos excluyera cualquier rasgo de lucidez, lo tiene bien fácil. Y, de hecho, la manifestación pública del hecho religioso suele ser una diana que los fervientes demócratas del norte no suelen dejar escapar para sus dardos (ahí está Pablo Iglesias recordándole ahora a Kichi el día en que condecoró a una Virgen con un sentido preclaro de la oportunidad). No en vano llamaba Miguel de Unamuno bultos a lo que en Málaga llamamos tronos. Un servidor buscará refugio hoy mientras dura la Magna, pero si el escrúpulo reformista les anima a ver masa, procuren ustedes ver personas. Igual se llevan una sorpresa.

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