La ciudad y los días

carlos / colón

Maldito febrero

TERRIBLE febrero de última mordida de días fríos y amaneceres desabridos, sólo entibiado por los cada vez más tempranos anocheceres. Mes de áspero tránsito hacia la tierra prometida de la luz nazarena de las tardes de marzo, pasillo en el que nada invita a quedarse, temporales y catástrofes, silbido de guadañas que siegan más vidas que nunca, miedo de los galgos que son abandonados, maltratados o muertos tras el fin de la temporada de caza. Ni la luz de las candelas alumbra ni San Valentín calienta este mes mutilado de días, contrahecho, tan absurdo entre nosotros, aquí, en el Sur, como el pegajoso septiembre que no es ni chicha de otoño ni limonada de verano.

Febrero, aquí, es invierno agonizando contra las tablas, dando sus últimas, más desabridas y más mortales embestidas. Pero es también primavera ansiada y presentida algunos días de benévola tibieza. Es invierno que aún no se ha ido, pero se está yendo, y primavera que aún no ha llegado, pero está viniendo. Febrero es ninguna parte en ningún lugar; como esos poblachones grandes y feos en los que paraban los trenes expresos de madrugada para que pasajeros somnolientos con el cuerpo cortado se tomaran un mal café en el inhóspito bar de la estación -azulejos rotos, maderas carcomidas, un reloj parado- sobre cuyo mostrador se alineaban con rigidez militar platillos blancos de loza basta con las cucharas y los terrones de azúcar dispuestos.

La primavera, entre nosotros, está a la vuelta de la esquina de febrero, el primer viernes de marzo. En el resto de España este año entrará a las 17.57 del 20 de marzo, pero aquí lo hará dentro de 32 días, exactamente el siete de marzo, por imperativo nazareno. Hasta entonces habrá que sufrir con paciencia las frías impertinencias y los malos modos de este febrero perpetuamente cabreado por su deforme brevedad y su ser tiempo de nadie, tránsito, mes de los pasos perdidos que hay que atravesar para llegar a las soleadas estancias de marzo y abril; pero en el que nadie querría pararse.

Pluvioso y Ventoso lo llamaron los revolucionarios franceses cuando reinventaron el calendario. Fullero, embustero, loco, veletero, ruin, cara de perro o peor de todos los meses lo llama el refranero que desde antiguo lo ha sentenciado como nefasto: "Febrero el revoltoso no pasó de veintiocho, si treinta tuviera nadie con él pudiera". Esperemos poder con él, mientras oímos cómo se acerca marzo a zancadas de luz creciente.

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