La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Marta, Julen

Por muy seguros que nos sintamos o creamos sentirnos, mucho que avance la ciencia, dominada que se considere la naturaleza y mucho que nos distraigamos o engañemos divagando por el universo de las redes sociales o manipulando digitalmente una realidad que parece estar en nuestras manos como algo moldeable según nuestra intención o fantasía, en lo esencial somos lo que éramos y seremos lo que somos. Por eso Isaías y Homero (siglo VIII A.C.), Job (siglo VI A.C.) y Sófocles (siglo V A.C.) siguen emocionando hoy a quienes (por desgraciada cada vez menos) los leen. No solo por la belleza intemporal de sus textos, sino por las emociones también intemporales que describen, idénticas a las nuestras.

Más allá de lo que el ser humano pueda controlar en su lucha contra la naturaleza o perfeccionar en la que libra contra lo peor de sí mismo, más allá de todo progreso tecnocientífico o todo avance ético, más allá de lo que se pueda prever, controlar, corregir, dominar o mejorar, el azar, la naturaleza y nuestra maldad seguirán haciéndonos bailar al son de la Dança General de la Muerte: "Yo soy la Muerte cierta a todas criaturas. / Pues no hay tan fuerte ni recio gigante / que de este mi arco se pueda amparar. / ¿O piensas por ser mancebo valiente / o niño de días / que la mi venida detardaré?".

Se van a cumplir diez años del asesinato de Marta del Castillo: nuestra naturaleza, lo peor de ella, manifestado en quien la asesinó y tortura a sus padres no desvelando qué hizo con su cuerpo para que puedan, al menos, tener el consuelo de enterrarla. Una versión perversa y sádica de Príamo suplicando a Aquiles que le devuelva el profanado cuerpo de Héctor. Y estamos viviendo desde hace demasiados días la agonía colectiva -siempre infinitamente menor que la viven sus padres- del rescate de Julen. No hay aquí maldad humana, sino una pavorosa combinación de descuido, mala suerte y resistencia de la naturaleza. Alguien no tapó el estrecho pozo, el niño cayó por la pequeñísima abertura -no por descuido de los padres, sino por esa fatalidad que acecha en un segundo a los más pequeños por muy vigilados que estén- y la naturaleza muestra su fuerza y resistencia en la dureza del terreno y las rocas que dificultan el rescate. El tópico medieval, pero tan trágicamente actual, tan dramáticamente real, de Fortuna Emperatrix Mundi: "Destino monstruoso y vacío, una rueda girando es lo que eres".

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