Mitologías Ciudadanas

José Fabio Rivas

Matar a un hijo: el horror

El horror, el horror…", estas son las últimas palabras de Kurtz, el protagonista de El corazón de las tinieblas, la novela de J. Conrad, cuando intenta referirse a la maldad humana en su expresión extrema. No se puede decir de forma más explícita, pues la maldad extrema es indecible y, cualquier intento de describirla, de ponerla en palabras, resulta imposible, cuando no ridículo. Y si nos referimos al infanticidio o al filicidio -esa forma extrema, repugnante y horrible de maldad humana-, además de indecible, resulta incomprensible.

Matar a un niño, matar a los propios hijos… "El horror, el horror…". Pero esta historia viene de lejos, incluso de antes de que existiera la Historia. Edipo, que es condenado a muerte por sus propios padres, nada más nacer; Medea, que mata a los dos hijos que ha tenido con Jasón, como venganza contra él, cuando la abandona para casarse con otra… Y, según los expertos, ahora es cuando se dan menos infanticidios, pero eso sí, con más repercusión mediática que nunca. Quiero creer que en esa repercusión mediática no influirá el morbo, ni el deseo de instrumentalizar de alguna manera, desde la perspectiva de género, ese horror, como si fuera un fruto más de la violenta cosecha del machismo, pues hay que recordar que el infanticidio o el filicidio no son ni machista ni feminista, que a ese horror no se le puede poner género y que intentar hacerlo forzando las cosas o sacándolas de quicio es un error y un peligro.

Un error, en tanto que una parte importante de los filicidios; o sea, de muerte del propio hijo a mano del padre o de la madre, lo llevan a cabo las madres, cifra que alcanza el 90%, cuando se trata de neonaticidio; es decir, cuando se comete en las primeras 24 horas de vida. Y esto -según las estadísticas- sucede así en España y a nivel mundial, incluso en los filicidios por venganza, vicariantes, por dañar lo más posible a la pareja (como Medea), en los que, en el fondo (de la cuestión y de la crueldad), la violencia no se dirige tanto hacia el propio menor, que aquí es un simple instrumento, sino a la persona despechada.

Y un peligro, porque divide la solidaridad, la empatía y la implicación de todos (al margen del sexo o del género de cada uno), en la repulsa y en la lucha contra este horror. Proteger, alimentar, cuidad, mimar, acariciar, enseñar… a la prole, por muchos sacrificios que nos exija, poniendo incluso en riesgo nuestra propia vida, nos parece lo más natural (¿pero qué animal en la naturaleza no haría lo mismo?), lo más humano, la más alta aspiración de la cultura, pero, he aquí que, de vez en cuando, ante nuestros ojos que se resisten a ver, surge el horror del infanticidio, el odio y la maldad, no como realidades metafísicas o abstractas, sino concretas y encarnadas en un rostro "humano", un rostro tras el cual nos cuesta creer que anide la compasión, o cualquier otra pasión humana. Y es tan difícil y necesario luchar contra eso, que resulta estúpido dividir el campo de los que, como humanos, sabemos y sentimos que "ser humano" implica luchar y comprometerse con los otros humanos, sobre todo con los más débiles y dependientes, con los que confían ciegamente en nosotros. Que nuestra estupidez no forme también parte del horror, el horror…

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