Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Noche de Reyes

La infancia no tiene límites. Puedes ser astronauta aunque tengas mal de altura

A veces, un caramelo olvidado en el bolsillo de un abrigo nos trae el recuerdo de una tarde de Reyes. O un paraguas abierto refresca la imagen de la lucha titánica de padres, abuelos, titos y padrinos búfalo por coger esa golosina volandera que lanzó el rey Melchor. Y no hay estirón de portero, ni tapón de pívot como los de la Cabalgata. Quizá ya nos quede muy poco de todo aquello porque, como dejó dicho Forrest Gump, la vida es una caja de bombones y nunca sabes el que te va a tocar. Pero eso es la vida, no la infancia. La infancia no tiene límites. Puedes ser astronauta aunque tengas mal de altura o Indiana Jones, incluso durmiendo con la luz encendida.

Cada Noche de Reyes hay un niño nervioso que no concilia el sueño, otro al que no hay quien lo levante ni prometiéndole que no caben los regalos en la casa y millones a los que la ilusión les desborda. Pajes que se esconden en el balcón, bajan al trastero, usan el maletero del coche como cámara acorazada, reptan bajo las camas o disimulan en plena madrugada en el pasillo, rezando para que la sirena del coche patrulla o el llanto de una muñeca no despierten a sus futuros propietarios. Y cada mañana de Reyes, habrá niños saltando de la cama o remoloneando; y los que ríen, gritan o lloran con la misma facilidad y sin saber porqué; y a los que les late el corazón con tal fuerza que parece que fuera a salir disparado como en los dibujos animados.

Luego dejas de ser niño y te pones tonto. Hasta que te llega el ascenso a paje. Y ese día comprendes cuántas horas extraordinarias -unas cobradas y otras no- costó aquel cinexin o aquella nancy con todas sus galas y lo difícil que fue encontrar esos patines o aquel scalextric, cuando no tienes tiempo ni para comer porque te ha tocado uno de esos bombones amargos de la caja de Forrest Gump. Y sin saber porqué ni cómo, te formas como empaquetador, experto en cine de Disney, montador de puzzles, ebanista juguetero -¡ya quisiera Gepetto!- y curtido jugador en todo el catálogo de juegos de Sus Majestades de Oriente. Y entonces entiendes porqué guardas unos cochecillos desvencijados o un nenuco esquimal en el trastero. Y te acuerdas con emoción de quienes fueron tus pajes y recuerdas aquella frase de Chesterton que dice que la tradición es la transmisión del fuego y no la adoración de las cenizas. Y después, comiéndote el roscón, te ríes a carcajadas de los que dicen que los Reyes no existen.

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