Postrimerías

Oscurantismo

Karl Schlögel ha reconstruido en 'El siglo soviético' la "arqueología de un mundo perdido"

En diciembre se cumplirán tres décadas de la disolución de la URSS, un episodio que sigue atormentando a los jerarcas de la nueva Rusia y condicionando en buena medida su política exterior, marcada por la nostalgia del imperio. A lo largo de este tiempo, centenares de libros han abordado el itinerario del gigante euroasiático, pero tanto como su formidable proyección en el mundo, antes y después de la Guerra Fría, interesan los usos y costumbres, la realidad interna y la percepción que tuvieron de sí mismos los habitantes o supervivientes del país de los sóviets. Autor del impresionante Terror y utopía, donde recreaba la fase más feroz y desquiciada de las purgas de Stalin -con su centro en el "año maldito" de 1937- en paralelo a los pregonados logros del Estado bolchevique, Karl Schlögel ha reconstruido en El siglo soviético (Galaxia Gutenberg) la "arqueología de un mundo perdido", cada vez más lejano pero todavía muy presente en el imaginario de los territorios que conformaron la Unión. El historiador alemán recurre a la metáfora del bazar o mercadillo en lo que tiene de inventario de épocas pasadas, adonde van a parar los restos, los escombros, los pecios de un naufragio que comprende no sólo los objetos, sino también los espacios, los símbolos, las formas de sociabilidad, la vida o la muerte cotidianas. Aunque fruto de una familiaridad directa con el objeto de estudio, su propósito tiene algo de enciclopédico, y a este respecto merece la pena destacar el capítulo dedicado a la redacción de la Gran Enciclopedia Soviética, cuya primera edición (1927-1948) ejemplifica bien el delirante rumbo de la Revolución en esas décadas terribles, desde el inicial empeño neoilustrado hasta la caída en el más burdo oscurantismo. Orientado, explica Schlögel, menos al conocimiento teórico que a las exigencias de la praxis, interpretada desde la estricta ortodoxia marxista-leninista, el proyecto se enfrentó a una dificultad casi insuperable: a medida que se sucedían los tomos, los editores y colaboradores caían en desgracia -acusados de nihilistas, parásitos, traidores o enemigos del pueblo, deportados o ejecutados como tales- y era preciso rehacer o rectificar su trabajo, además por supuesto de eliminar sus nombres. Como en una ficción borgiana, la obra avanzaba a la vez que se destruía, y de hecho se llevó por delante a la mayoría de sus responsables, incluidos los anónimos. Cuando finalmente apareció, la inútil Enciclopedia, en la que hasta la ciencia se había sometido a los imperativos de la ideología, describía un universo fantasmagórico que no existió nunca salvo en la cabeza de los gobernantes o de sus siervos en todo el planeta.

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