Paco Oliva

Tuvo responsabilidades públicas y conoció el esfuerzo de tomar decisiones que afectan a los demás

El dolor a veces es impotencia y rebeldía, es la amargura de no querer aceptar el destino ni sus plazos. El dolor a veces es la desolación de la ausencia que nos produce la muerte. Porque morir morimos todos, los mejores y los menos buenos, los próximos y los lejanos, los conocidos y los ignorados. Todos tenemos una muerte en la sala de espera que aguarda infatigable. Pero hay algunas que se sienten muy dentro, como parte de la propia historia que cada cual ha intentado construirse. Esa ha sido para mí el fallecimiento del amigo Paco Oliva; la muerte de una parte de mi propia biografía. Es difícil recordarme a mí mismo durante muchos años sin tener a Paco como compañero y amigo inseparable, a veces al lado, a veces delante e, incluso, a veces, pocas, enfrente.

Se diría que frecuentó el éxito. Tuvo responsabilidades públicas importantes y conoció el compromiso y el esfuerzo y la tensión que produce sentirse parte de decisiones que afectan a los demás. Y el triunfo. Pero Paco era esencialmente una personalidad arrolladora, envolvente, vital. No estaba dispuesto a dejar pasar ninguna de las oportunidades que le ofrecía la vida, y lo mismo se sumergía apasionadamente en la actividad política que apuraba la alegría de una reunión de amigos, de forma incansable, como si fuera la última. Por eso, en sus años universitarios se dedicó al estudio del Derecho y a la vez a la representación teatral o a la práctica del voleibol. Y de adulto lo mismo enhebraba un apasionado mitin que improvisaba la letra de una ocurrente coplilla. Esa era la vida y allí estaba él para para disfrutarla. El mundo ofrecía muchos matices que merecía la pena saborear hasta la última gota. Así fue Paco: familiar. Brillante, divertido, responsable y ocurrente. Todo con la misma fuerza y al mismo tiempo.

Vivió con la intensidad que viven los espíritus inquietos, sin tregua, sin descanso, sin desfallecer y sin esconderse. Conoció la incomodidad de decir la verdad y no ocultar sus pensamientos pero también conoció el cálido resguardo de sus amigos y su familia, que para él fue la infinita playa de su felicidad.

Todo esto quedó varado una templada mañana de octubre, sin que nadie, en el fondo, llegue a comprender muy bien porqué. Y si la muerte no fuera fin sino solo frontera, Paco estaría al otro lado, con los ojos llenos de vida, buscando y repartiendo la alegría de sus propias ocurrencias y dispuesto a alzar el puño en cualquier momento para entonar la Internacional socialista.

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