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Palabras malditas

Pero el término que me infunde terror es triaje. Y cada vez se pronuncia más alto sin que se nos rompan los tímpanos

Por una vez confío en que Murphy no sea infalible. Aunque cuando este ingeniero elaboró sus leyes, hacía muy pocos años de la Segunda Guerra Mundial. Así que de catástrofes algo sabía, cuando se equivocó con las conexiones en una prueba y pasó a la historia científica por el enunciado de una normativa supuestamente empírica en la que cree una legión de seguidores, a los que tachan de pesimistas.

Pero aquí no se trata de meter un par de calcetines en la lavadora y que salga sólo uno. O de equivocarte siempre al elegir la cola más rápida del supermercado, que no digo que en estos momentos no tenga su importancia. Me refiero a su aserto principal, si algo puede salir mal, saldrá. O, en una adaptación libre, todo lo susceptible de ir a peor, empeorará. Pues en este caso también espero que a estas alturas hayamos doblado su curva. Una palabra, esta última, ya maldita por la desesperación que día tras día han transmitido a millones de personas en la narración de un deseo que se iba aplazando un día tras otro.

Pero hay más. Confinamiento. Un vocablo que jamás había formado parte de mi vocabulario, excepto en el caso de buscar sinónimos en una crónica periodística para referirme al preso, al presidiario, al recluso, al interno o al arrestado. Por eso casi nunca necesité utilizarla. Hay términos suficientes para definir esa carencia de libertad. Porque al fin y al cabo, más allá de si la reclusión se sufre en una celda, un piso de 60 metros o un chalet, la realidad es que hemos perdido nuestra capacidad de movimientos. La posibilidad de decidir dónde queremos estar o adónde queremos o necesitamos ir. Menos mal que el estado de Alarma, en teoría, no restringe derechos.

Y casi en concurso con lo anterior, esta pandemia nos ha impuesto términos en contra de nuestra propia naturaleza. Distancia de seguridad. Aislamiento social. Siempre dos metros de separación de cualquier congénere por si nos contagia o le contagiamos.

Pero la palabra que realmente me infunde terror es triaje. Y cada vez se pronuncia más alto sin que se nos rompan los tímpanos al escucharla. En sí, procede de un verbo que significa escoger o separar. O , lo que es casi lo mismo, diferenciar. E implica un perverso efecto. La necesidad de tomar una decisión, por ejemplo cuando no haya camas suficientes para cuidados intensivos o si, en algún momento, faltaran los fármacos para administrar a todos los pacientes que lo precisan. Y, entonces, se presentan las opciones de a quién elegir. Con los años teóricos de vida que en cada caso tiene por delante. Y miramos a nuestros padres y abuelos. Borrar de la memoria esa palabra maldita será imposible.

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