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Pánico en las Atarazanas

Los factores económicos y las megalomanías e intereses personales suelen primar sobre los generales

No se trata del título de una película de suspense, sino de la impresión que me causa conocer los desencuentros surgidos, más bien renacidos, tras la rectificación del proyecto de restauración de tan emblemático monumento, cuyo origen se remonta a mediados del siglo XIII. A la vista de intervenciones anteriores en edificios igualmente protegidos, me da miedo pensar que se van a iniciar las obras. El dinero está sobre la mesa y bastante hace la entidad bancaria con financiar el proyecto, pero a él acuden los listillos como las moscas al pastel. Ya sabemos que el verbo restaurar no suele ser bien entendido por los artistas de la edificación y cómo funciona la Comisión de Patrimonio. Sólo Adepa cumple con la misión de velar y estar al tanto de las irregularidades proyectadas haciéndolas públicas.

Restaurar trae consigo la conservación de un edificio histórico, sin la eliminación de estructuras características ni añadir elementos ajenos e innecesarios, cuidándose a su vez el entorno. El noble arte de la arquitectura, al igual que el denominado séptimo arte, es eso, arte, aunque en contadas ocasiones. Los factores económicos y las megalomanías e intereses personales suelen primar sobre los generales. La política, esa otra supuesta noble ciencia, y la arquitectura han ido siempre de la mano, desde el constructor de pirámides Imhotep al graduado recién salido de la escuela. Hay una evidente dictadura de la estética. Aquellos profesionales que sean fieles a sus convicciones y protejan los conjuntos artísticos sin pretender dejar su huella ni obedecer consignas o servir a oscuros intereses, resultan incómodos y son considerados por el establishment como retrógrados y obsoletos.

Sería lamentable que el excelente libro Las Atarazanas de Sevilla recientemente publicado por el profesor Pérez-Mallaína, quedara como testimonio histórico de un conjunto monumental difícil de ser reconocido por culpa de actuaciones agresivas. El dinero en manos poco doctas suele ser peligroso. No pretendo calificar de incultos o corruptos a los que tienen la responsabilidad de la restauración, pero sí les pediría cordura y sensibilidad. Tras el derribo en el siglo XIX de las puertas y murallas de Sevilla, José María Tassara, citando a Coloma, dejó escrito que el orgullo de los que no saben edificar consiste en destruir. De ello hace siglo y medio y seguimos en las mismas.

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