Málaga Hoy En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Juan, que empleó sus mejores años en perseguir el sinuoso sueño de un paraíso de mulatas, gastó sus últimos atardeceres en evocar el recuerdo de los pubis dorados que solo pudieron ser. Tan polifacético como poliédrico, llegó a presentarse por la UCD en las primeras elecciones del ahora bautizado "régimen del 78". Experiencia que le afectó hasta el punto de que el psiquiatra con el compartía Martinis secos una vez por semana en la barra del bar Ricardo tuvo que recetarle que se afiliara a Amnistía Internacional para poder superar su complejo de culpa. Tratamiento al que él añadió de su propio puño y letra, sobre una servilleta de papel, el préstamo de su recién estrenado coche automático a un dirigente comunista que quería asistir al congreso constituyente de Euskadiko Ezquerra. Eran tiempos difíciles de decisiones tan apasionadas como generosas, me dijo una vez. Para a continuación reconocerme que no respiró tranquilo hasta que no vio desde el mirador de la Concepción a su buga bajar las Pedrizas. Él, como otros muchos tantos, gastó los ideales de su juventud en conseguir que en este país se pudiera votar algo más que al presidente de la comunidad de vecinos, y se sintió contento el día que recibió en su casa las papeletas de las primeras elecciones de democráticas. Hombre de algo más mundo que el que le habían dejado tener a ese resto del planeta que se llama España, sabía que no era fácil arriesgar el coche en un país en el que el Seiscientos y el pisito de 70 metros cuadrados habían acabado con cualquier posible revolución, sin librarse de los partidarios de una profunda involución. De este modo, continúo recibiendo las papeletas electorales, comicios tras comicios, con un interés de cayente como su salud, que solo paliaba reciclándolas como papelillos en los que hacer la lista de la compra o dibujos mientras hablaba por teléfono. Un atardecer de otoño, Juan recordó la utopía de su caribe dorado y reflexionó sobre las papeletas que recibiría en unos días. "Si no fuera porque mi escasa capacidad tecnológica solo me permite dibujar con rotulador de gel sepia en el reverso de estas papeletas, me daría de baja para que no volvieran a enviármelas. No es que no me interesen las elecciones, es que ya he escuchado lo que tenía que oír y tirar los votos a la papelera, nunca es buena cosa. En plena Cumbre del Clima, alguien podría proponer dejar de mandarlas".

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios