Postrimerías

Patrimonio

Elegante y bien trajeado, como hijo de sastre, el muchacho posaba retador, novio del mundo

Se acerca otro ferragosto y nos parece mentira que el pasado, por estas mismas jornadas, anduviéramos de casa al hospital en turnos extenuantes. Murió padre un día como hoy, a final de la mañana de un día de calor extremo, y cuando poco después reunimos los pocos objetos personales que merecían ser salvados de la donación o el vertedero, no nos sorprendió que bastara una pequeña caja de cartón para apilarlos con cuidado, alineándolos con ese orden un poco obsesivo que él mismo solía emplear con sus cosas. Tenemos la caja delante, en el estudio de donde apenas hemos salido, entre el confinamiento excepcional y el más o menos acostumbrado, en estos meses tan extraños, y en algún momento tendremos que disponer esos pecios de toda una vida -nuestro escueto patrimonio- en un lugar menos provisional o más recogido. No la hemos abierto desde entonces, pero recordamos bien lo que contiene. Una minúscula carpeta marrón, recuerdo de la posguerra, con la leyenda sobreimpresa "cartilla de racionamiento". Fotos familiares de los abuelos y de la remota infancia de quien fuera niño acomodado, sin duda excesivamente consentido. Un variado repertorio de carnés que da fe de su inconstancia -cursos de Filosofía y Letras, Arqueología o Dirección Cinematográfica- y de una vida social intensa, con estaciones en el tenis, la natación, el atletismo o la esgrima. Un pasaporte expedido en Cádiz, fechado el 20 de julio de 1960, con las visas de Marruecos, Francia, Inglaterra y Portugal. Una bonita estampa del Casino Municipal de Tánger. Listines de teléfonos con números de cuatro o cinco dígitos. Los poemas manuscritos -hay aparte un hatillo de inéditos, algunos anotados en servilletas- que formaron su primera, única y poco memorable incursión en el género. Escasas huellas referidas al terreno laboral, membretes de una compañía de seguros o tarjetas y tarjetones de una fallida productora de documentales. El relato mecanoscrito que ganó un concurso de internos en la prisión de Teruel, donde según sus palabras hacía más frío que en el 37. Las cartas allí recibidas del hijo adolescente. Recibos de la modesta nómina que un buen amigo hacía como que le pagaba para que pudiera acogerse al tercer grado. Entre las fotografías, nuestra preferida es una imagen de primera juventud -padre antes de ser padre- en la que aquel muchacho espigado, elegante y bien trajeado, como hijo de sastre, posaba retador, novio del mundo. Es literalmente todo lo que dejó, poco o mucho según se mire. Un año hace que fue con Dios y pronto habrá pasado el mismo tiempo desde que sus cenizas, inhumadas en el jardín anejo a la Caridad, acompañan extramuros los rosales del venerable.

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