Podemos en la encrucijada

Pablo Iglesias Turrión y la formación que dirige no están atravesando un buen momento

Pablo Iglesias Turrión y la formación que dirige no están atravesando un buen momento. Es cierto que desde que se formó el Gobierno de coalición ha sido el objeto central de los ataques de la derecha española en todas sus modalidades y con todos sus efectivos. Se ha pretendido personalizar en él la más agria versión comunista de la Guerra Civil y hermanarlo con los prejuicios que el franquismo fabricó sobre esa corriente ideológica, como si ese comunismo no estuviese enterrado en las ruinas del muro de Berlín o como si el eurocomunismo de los años setenta no hubiera abandonado los negros planteamientos estalinistas. Pero para la política del miedo y del odio el líder de Podemos sigue siendo un magnífico ejemplar al que mostrar para atacar y para asustar. Cierto es que, desde su aparición en el tablero político, el dirigente podemita ha usado y abusado de una dialéctica agresiva, montaraz y demagógica que le ha servido para alcanzar notoriedad y para erigirse en la voz del radicalismo político más primario. Y aunque desde la perspectiva estratégica haya abandonado las muletillas con las que hace poco se identificaba como 'la casta' o el régimen del 78, la verdad es que él y sus seguidores siguen empeñados en mantener el aire contestatario con el que asomaron a la vida política.

Intentar cumplir con la responsabilidad de ser vicepresidente del Gobierno de España y a la vez mantener el discurso propio de un líder de asamblea universitaria no es tarea posible. Es una contradicción que solo se puede salvar asumiendo que las responsabilidades gubernamentales casan mal con la retórica mitinera permanente y que no es posible simultáneamente personalizar los cometidos del poder y mantener las declaraciones agresivas y contestatarias. Asumir compromisos de gobierno es también aceptar algunas limitaciones, porque la repercusión de lo que se hace o dice ya no queda circunscrita al ámbito interno de una organización política, sino que adquiere una dimensión más importante. Por eso, la inapelable realidad política, sin requerir renuncias esenciales, exige de los gobernantes la mesura y moderación y el respeto institucional que no se demanda a los miembros díscolos de una oposición parlamentaria. Y esta es la encrucijada en la que se encuentra Podemos y su principal líder; aceptar las obligaciones y limitaciones que el poder institucional exige o permanecer a perpetuidad acampados en la Puerta del Sol madrileña añorando un eterno 15-M.

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