1- Dícese del dirigente político que construye sus argumentos en contra de los de sus oponentes cagándose en las muelas de sus adversarios (véase el portavoz de Vox en la Asamblea de Murcia). 2.- Portavoz político que, antes las preguntas sobre qué medidas concretas propone tomar contra la "ideología de género", balbucea y pregunta a su jefe para no cagarse en las muelas de la periodista, que es lo que en ese momento le pide el cuerpo (véase el portavoz de Vox en el parlamento de Castilla y León).

Cuando la política de lo políticamente correcto ha convertido el debate público en un combate entre púgiles de cutis de culo de niño chico, la irrupción de los de Abascal en el cuadrilátero ha introducido en la esgrima dialéctica la patada en los "güindos". Lejos queda la hiriente ironía del inicio de la transición, inaceptable hoy, cuando es imposible no encontrar un colectivo de dos personas que no se sienta aludido por cualquier gracieta más o menos afortunada. La forma imperante es el ataque ramplón, cuando no, soez. El insulto cuya denuncia vehementemente al vulnerar la corrección política impide ver el mal que esconde en el fondo. Aun siendo un problema, llamar "puta" a una ministra no es el problema. Porque lo grave ya no es la falta de educación o el machismo de la lucha contra la "ideología de género" con forma de ofensa. El problema es el odio que dejan entrever esos exabruptos y del que puede ser víctima cualquiera que no piense como ellos.

Reconociendo que dotarse de cuadros y dirigentes de la noche a la mañana no es tarea fácil, cuando el perfil se repite hay que empezar a pensar que es el que se busca. Y la expectativa no es nada halagüeña para el resto de los compatriotas. Ponerse de acuerdo es posible entre quienes desde el respeto no piensan igual. Imposible, entre quienes se odian. La incitación al odio puede ser un delito perseguido por la fiscalía hasta el extremo de que lleguemos a inventar un neolenguaje que nos exima de citas con su señoría. Pero eso no evitará que los que han hecho del odio su negocio sigan odiando. Con ellos, la única solución es no hacer tratos. Y conformarse con burdas excusas que se piden con la boca chica para no ofenderles solo es invitarles a que sigan haciéndolo. En el lenguaje político de la España de principios de siglo XXI solo hay un logro mayor que el de lo políticamente correcto: el de la capacidad de negar lo más evidente.

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