Hay un interesante documental en HBO sobre QAanon, un movimiento que funciona a través de internet y que ha sido definido como teoría conspirativa de amplio espectro. Su núcleo central es que el mundo está regido por una red de pedófilos que se dedican a traficar con niños. Su primera hazaña fue el Pizzagate, utilizado por Trump contra Hillary Clinton, en las presidenciales de 2016. Su símbolo, la Q, aparecía en pancartas y camisetas de los asaltantes al Congreso estadounidense. Una simpatizante declarada del movimiento ganó las primarias republicanas en un distrito conservador de Georgia y Trump la calificó de "futura estrella republicana".

Los seguidores de Q creen que el expresidente es -pese a reconocer que no es un perfecto cristiano- un enviado de Dios para librarnos de las elites que comen niños y controlan el Estado profundo. Un profesor de la Universidad de Miami, que ha publicado varios trabajos sobre teorías conspirativas, afirma que el presidente Trump está involucrado en el movimiento: "construyó su coalición alrededor de conspiraciones y se comunica con sus seguidores con un discurso conspirativo". La mencionada serie describe con rigor este fenómeno que es una clara demostración de cómo la tecnoutopia que muchos quisieron ver en el desarrollo de las redes sociales se ha transformado en tecnodistopia.

Lo ocurrido hace unos días con el escritor Javier Cercas, mientras era entrevistado en la televisión catalana, tiene que ver con lo que les hablo, al menos corresponde al mismo tipo de deriva. Algo muy torcido debe haber también en la sociedad catalana para que ocurran cosas así. Es verdad que los independentistas no han acusado a Cercas de comer niños, al menos por ahora, solo han manipulado un vídeo para acusarlo falsamente de defender una intervención militar para frenar el proceso secesionista. Es una práctica recurrente que emparenta de alguna forma a sus autores con los también supremacistas y xenófobos de QAnon. Ya sabemos que el nacionalismo extremo, ya sea trumpista o independentista, lo mismo da, se construye mediante la manipulación del pasado y la creación de relatos y mitologías: el problema no son sus mitos y sus teorías conspirativas, sino la fanática intensidad con la que mucha gente los vive y los cree: como si se tratase de algo real y objetivamente existente. Ya sean seguidores de Trump o los que ponen sus likes a las fake independentistas.

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