Ignacio del Valle

Quedarse de piedra

Lo de París, más que un accidente, avisa de la dejadez y soberbia que nos atocina en el siglo XXI

Catedrales espacios multitrapicheo. Significaron el origen de la burguesía, el auge de los habitantes del burgo de rúa que ponían a una capital en el mapa de las bullas, ferias, y mercados crecederos. Las más lustrosas inversiones en infraestructuras monumentales y sangrías de impuestos tras los agobios apocalípticos del año mil. Las catedrales con su planta basilical heredada de los muy prácticos romanos ofrecían un espacio cubierto con gran capacidad de aforo. Lo más parecido a un centro de convenciones, archivo, biblioteca, registro, auditorio y templo donde supervisar lo que se cocía bajo la omnipotente mitra y el báculo otrora poderoso como espada. Testigos pétreos de todo lo que se cocía en las calles de los oficios, regulaciones, alzamientos en armas y decisiones ciudadanas desde la edad media de gorigoris dodecafónicos hasta hoy. El lunes por la tarde el relicario de Notre Dame de Paris comenzó a inflamar las pantallas y procesiones de Cenacheriland. Ardía Nuestra Señora. Lenguas anaranjadas sobre fondo humo, trepando por una espadaña flamígera derrumbándose al atardecer. Un deja vu que me transportó al primer recuerdo fatal de mi niñez. Desde un balcón vi arder una catedral. Los llantos, el azoramiento, rezos de rosario, la sensación de angustia, las conversaciones entre murmullos y sollozos, el ¡Quítate de ahí! todos esos recuerdos de pantalón corto se me agolparon memoria flash.

La bóveda de crucería, innovación arquitectónica del Císter supuso un cambio, un nuevo orden no solo en lo constructivo, sino ideológico en la cristiandad. De los oropeles del románico rechoncho y glotón al frío vertical aliviado por la colorida ligereza de las vidrieras. Estas nuevas sinfonías de piedra aritmética, pilares y columnas que se elevaban hasta la tortícolis desdoblándose en nervaduras fueron el símbolo de la Jerusalén celestial aquí en la empedrada y perreada tierra. También imagen del progreso de la ciencia. Ver una catedral fundirse y en concreto Notre Dame, la construcción más simbólica con sus gárgolas diabólicas y juicios finales me ha dejado la fatal sensación de que se nos chafaba Europa comenzando por la ciudad de las luces. Se nos chamusca occidente y se funden los plomos por perezoso descuido. Me quedé de piedra, lo de Notre Dame de París más que accidente, avisa de la dejadez y soberbia que nos atocina en el siglo XXI y en esta ocasión no hay cristiandad a la que cargarle el muerto.

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