El callejón del gato

Celso Ortiz

Realidad y literatura

EL protagonista, pederasta y fantasioso entró en un prostíbulo japonés que se había instalado en los aledaños de la Gran Vía madrileña. Portaba una maleta pirateada de la marca Louis Vuitton que la recepcionista del lupanar se ofreció amablemente a guardar en el ropero a lo cual nuestro héroe se negó puesto que en ella guardaba el material necesario para ponerse cachondo. Con andares propios de vaquero de película del Oeste, se dirigió a la barra del bar y pidió ron con coca-cola, que le sirvió una camarera vestida con un traje de conejito japonés. Al instante se le acercaron dos meretrices, pues esa noche había escasez de clientes y se ofrecían servicios por pareja. Ajustaron el precio y subieron a un reservado. Una vez dentro el hombre abrió la maleta y sacó dos uniformes de colegiala y otros atuendos infantiles. Ordenó a las dos prostitutas que se desnudaran y luego él mismo les puso los uniformes, vistiéndolas con parsimonia, recreándose en el aspecto aniñado que iban cogiendo con cada prenda. A continuación les pintó los labios con carmín, les puso rimel en sus pequeños ojos rasgados y las peinó con dos coletas. A una de ellas le puso un par de lazos color de rosa y a la otra azules celestes.

Cuando terminó de vestirlas empezó el juego que el pederasta le había propuesto a las dos niñas y que consistía en el universalmente conocido como juego del escondite. Primero le tocó quedarse a la de los lazos color de rosa que entró en el cuarto de baño y estuvo contando hasta treinta. Mientras tanto nuestro hombre y la japonesita de los lazos azules se escondían en la cama debajo de las sábanas y jugaban a los médicos. A continuación se cambiaban los papeles, o sea, la portadora de los lazos azules era la que contaba hasta treinta en el cuarto de baño y la de los lazos color de rosa la que retozaba con el cliente escondida debajo de las sábanas.

Esta historia, real como la vida misma, se convirtió en literatura de la buena cuando el protagonista, Fernando Sánchez Dragó, un individuo en nómina de la señora Esperanza Aguirre, se confiesa en un libro escrito al alimón con Albert Boadella, y nos cuenta con mucho arte: "En Tokio, un día, me topé con unas lolitas, pero no eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda… Tendrían unos 13 años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter, la otra se me trajinaba". Más adelante, poniéndolo morbo a la cosa, añade que lo cuenta ahora porque todo ocurrió en el año 1967 y "el crimen ya ha prescrito". Se merece el Nobel.

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