La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Rocío, Olivia, Anna

Rocío, Olivia, Anna: ¿Dónde estaba Dios? ¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?

Estamos afligidos, estupefactos, dolidos, escandalizados, por las noticias del asesinato y descuartizamiento de la joven de 17 años de Martín de la Jara y por el hallazgo del cuerpo de la niña Olivia en una bolsa amarrada a un ancla hallada a mil metros de profundidad junto a otra vacía en la que posiblemente estuvo el cuerpo de su hermanita Anna. El mal puro. No hay palabras, ni consuelo. Ni en el plano humano ni, para los creyentes, en el religioso.

Imaginen que esa avispa que pone sus huevos sobre su presa, a la que previamente ha paralizado para que sus larvas se alimenten devorándola viva, tuviera una inteligencia que le permitiera recrearse en el sufrimiento de su presa. Pues algo mucho peor puede ser la criatura humana. Privada de inteligencia racional y por ello careciendo de libertad, totalmente sometida al instinto, la avispa no es cruel: es pura naturaleza. Como tampoco es cruel el león que devora a la gacela o las orcas que devoran la cría de una ballena. No hay crueldad en esto, por brutal que parezca a los ojos humanos que sueñan con una futura naturaleza santificada, sin depredadores, en la que (Isaías, 65:25) "el lobo y el cordero pacerán juntos".

El ser humano es una anómala mezcla de animalidad y racionalidad, naturaleza e inteligencia, instinto y razón. Esto le permite elegir entre el bien y el mal. Y en ello está lo peor y lo mejor de nuestra especie. Podemos ser un animal racional en el que la inteligencia, ordenada al bien moral, venza a la naturaleza. Nunca la avispa, el león o la orca se apiadarán de su presa, nunca evolucionarán éticamente hasta vencer su naturaleza. El ser humano puede hacerlo: es la larga, lenta, con pasos adelante y atrás, historia de las conquistas éticas. Pero también puede emplear su inteligencia y su libertad para lo peor. Entonces se muestra como lo más dañino que la naturaleza ha producido: un depredador inteligente. En la naturaleza no existe maldad. Esta es una creación humana.

Como creyente escandalizado sólo puedo citar estas palabras de Benedicto XVI en Auschwitz: "¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué guardó silencio? ¿Cómo pudo tolerar este triunfo del mal? Nos viene a la mente el Salmo 44 que dice: Nos has aplastado en la región de los chacales y nos has envuelto en la mortaja de las tinieblas… Nos tratan como ovejas destinadas al matadero. ¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes? ¡Levántate!".

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