Mitologías Ciudadanas

fABIO rIVAS

Ruido, mucho ruido

Ruido, mucho, mucho ruido; ruido de coches y motos, ruido de aviones, de obras y cláxones, de voces y altavoces, del berreo de la gente; ruido, mucho, mucho ruido; ruido de teléfonos móviles, de música a todo volumen, de fuegos artificiales, de máquinas de todas clases; ruido, mucho, mucho ruido… La ciudad y el pueblo y los campos y las playas y los cuerpos que todo lo habitan se engalanan de ruido, mucho, mucho ruido. Demasiado ruido. Científicos y organismos oficiales (OMS, CEE, CSIC…) nos advierten -hay suficientes evidencias científicas- de que el ruido tiene efectos muy perjudiciales para la salud, desde la consabida pérdida de audición (a veces, irreversible) hasta el insomnio, pasando por una serie importante de alteraciones psicopatológicas y somáticas no banales. Pero no se trata ahora de hacer un catálogo de sus calamidades, solo recordar que un ruido fuerte, al que nadie es inmune, para muchos animales, entre ellos los homínidos -lo que nosotros somos- significa amenaza, peligro para la integridad física y emocional, estrés, y en consecuencia provoca liberación de cortisol, lo que aumenta la presión arterial, a la par que pone en marcha toda una batería de cambios hormonales, metabólicos, físicos, psíquicos…, tendentes a paliar homeostáticamente las consecuencias negativas que el exceso de ruido -el supuesto peligro- produce. Lo cual no siempre se logra o se logra a medias, depende del nivel de ruido -menos de 50 db resulta inofensivo y a partir de 85 db todos los seres humanos nos alteramos-, tiempo de exposición, etc. La cuestión es que España, después de Japón, es el país con más nivel de ruido del mundo. Ya digo, ruido, mucho, mucho ruido.

Y no se trata de hacer un panegírico del silencio y, menos aún, del silencio de los corderos, pues al fin y al cabo, el ruido hasta ahora se ha ligado a la revolución industrial, al progreso, a la modernidad, y el mismo Prometeo encadenado, el hombre que logró arrebatar a los dioses los secretos de la naturaleza y el conocimiento del fuego -o sea, la ciencia liberadora-, se revolvía luchando entre aullidos y golpeando sus cadenas -haciendo ruido-, contra el águila (el castigo de los dioses) que todos los días le devoraba las entrañas. No, no se trata de abogar por el silencio de los cementerios. La vida, la lucha por la existencia, la alegría de vivir, es ruido. El problema es que estamos rodeados de ruidos prescindibles, de ruidos que nos enferman y nos atontan, de ruidos que nos hacen vulnerables y dependientes, de ruidos que a veces ocultan nuestra vaciedad e ignorancia, nuestra "falta de conversación", en lugar de impulsarnos a mejorar los excepcionales homínidos que también somos. Ruido, ya digo, mucho, mucho ruido. ¡Ah, si Prometeo levantara la cabeza…!

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