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enrique garcía-máiquez

Salón de belleza

Lo peligroso de tanto cuidado personal es que terminaría haciéndome más 'selfies' que haikús

El mismo día, una amiga de destellante sonrisa me cuenta que se va a hacer la ortodoncia en aras de no sé qué simetría; otro amigo se va a Turquía a restaurarse el perdido flequillo; y otro, con un torso de estatua griega (en comparación), se somete a un régimen estricto. Mi primer impulso es dejarlo pasar, no vaya a pensarse que me mueve el resentimiento estético, pero el asunto del pelo me ha traído a la cabeza a Ortega y Gasset, que seguro que le habría dedicado a este fenómeno actual un artículo de El Espectador.

En principio, esto no es más que aplicar los últimos avances médicos y técnicos al viejo juvenilismo. Si se exacerba la tendencia, ¿no será la eutanasia, en algunos casos, la última intervención -desesperada- de un largo proceso de cirugía estética?

Comprendan que yo no lo comprenda. Por razones físicas. Gracias a mi diastema, aplaudo hasta la carcajada el aforismo de Mario Quintana: "Las sonrisas desdentadas son las más sinceras". Aunque el pelo no se me cae ni el de la dehesa, observo un envidiable brillo patricio en las calvas venerables. Adelgazar me encantaría, pero me cuesta por razones morales: ¿cómo no celebrar el cariño con que han cocinado o la ilusión con que me invitan a repetir o la exaltada amistad alrededor de una cena o, sencillamente, el pan y el vino? A veces, también tengo hambre. Firmes son mis razones para cortejar a la vejez: llevo cincuenta años queriendo dejar atrás la adolescencia y, a estas alturas, mi única esperanza son las arrugas y el reúma.

Esto no supone desdeñar la belleza ni considerarla innecesaria. Diría que todo lo contrario. Si uno está muy pendiente de la suya nueva del paquete, ¿no se le escapa la de los demás? Con tanta intervención, ¿no hacemos un burdo intrusismo profesional en la hermosura legítima y despreocupada de los jóvenes? Lo peligroso de tanto cuidado personal (al menos para mí) es que terminaría mirándome más al espejo que por la ventana y haciéndome más selfies que haikús.

A Narciso le pasó una cosa parecida, y no tenía ojos para Eco. Siempre fui un romántico partidario de la ninfa Eco. Reflejado en los ojos que le amaban, sí que se hubiese visto bien de verdad Narciso, y cualquiera. Pero que quien esté libre de pecado tire la primera piedra, no yo. Porque cuando uno es columnista, tiene menos mérito preferir a Eco, que evoca acaso el eco (de los comentarios). ¿Vanidad de vanidades, de otro modo?

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