Cenacheriland

Sudores unisex

La conclusión es que en el gimnasio se respira más sexo que sexismo para quien lo ejerza

S E avecina el empancartamiento de otro 8-M violeta y feminista. Mirándome el patriarcado congénito no alcanzo a distinguir cuando la reivindicación natural, razonada, emocionada y justa deriva en aquelarre histérico revoltoso. Mientras, intento creerme que vivo en uno de los usos más vanguardistas de occidente. El sesgo cognitivo y las posturas inamovibles de toro, buey o vaca muerta se alimentan a pura dentellada de idea fija preconcebida. Desde el subjetivo observatorio de Cenacheriland, ante tanto reproche y roce falda-pantalón hago constar que la sociedad real progresa a su desconcertante ritmo yenka. Prueba de ello son los gimnasios fitness unisex, los gym de nuestras entrelycras.

La tendencia al martirio de la kilocaloría y escozor de la gota de sudor que se llora con sufrimiento fosforito ofrece una paridad de especímenes que cultivan el físico sin agravios de género, creo. En los gimnasios contemporáneos hay personas de todas las edades y según el horario de suplicio se puede estar rodeado de un enjambre de abejas cincuentunas pilateras o ex señores bufando en esas modernas ruedas de hámster que son las cintas de ver la vida correr. Puntúan más cuerpos escombrera entre ellos que entre ellas. Ya en la crisis identitaria de la prolífica cuarentena, a lo liebre de marzo, prolifera el paisanaje apretando el maillot y dándole al pedal del spinning o tortura de pelotón en bicicleterío estático y jaleado. El neolenguaje en el inglés de todas las novedades ofrece un extenso índice de repertorios para echarse al treintañero cuerpo, desde el contacto mamporro body combat al yoga espiritual. El body pump a los viejenials, amenazados de braguero, nos suena a técnica de aguantarse los gases floridos al flexionar. Descendiendo hacia las edades de los acnés y las ilusiones eléctricas se advierten dos categorías de ir musculando de pesa en aparato marcando abdominales por la vida. La chavalería que exclusivamente va a su selfi, pintura, silicona y musicona según el canon del reality televisado en alza, frente a los que entienden el tono físico como una extensión de su deportivo bienestar afinándose la manteca corporal para desempeñar mejor su cometido estudiando hasta oposiciones o aguantando interminables jornadas a pie de follón y colchón. La conclusión es que en el gimnasio se respira más sexo que sexismo para quien lo ejerza y hasta el tercer género paga la misma e igualitaria cuota. Toda una conquista social.

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