Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Tener derecho

Se ha estrenado la nueva ministra de Sanidad con unas declaraciones abultadas en las que comparaba la gestión subrogada con el tráfico de órganos y de menores para pedir, ergo, una legislación internacional en consecuencia, lo que implicaría penas de prisión. La respuesta de diversos portavoces de Ciudadanos no se ha hecho esperar, con invocaciones al derecho a la paternidad y descripciones del calvario y el enorme sacrificio económico y personal que sufren quienes deciden acogerse al modelo en cuestión. El asunto de los derechos siempre es delicado, claro, especialmente en un rescoldo de postmodernidad en el que podemos constatar dos evidencias: por una, la pretensión de legitimidad de cualquier aspiración personal a través de su formulación como derecho, siempre que no contravenga el Código Penal y nadie salga herido (tengo derecho a ser guapo, a tener muchos amigos, a contar por miles mis seguidores en las redes sociales, a ver las series más molonas de Netflix, a ser padre y a cagarme en Dios); y, por otra, la constatación de que la presunta refundación del capitalismo al que moralmente obligó la crisis no ha hecho más que agudizar los efectos de siempre: es decir, seguramente nunca desde el advenimiento de la Edad Moderna determinados derechos han sido menos universales y han quedado en manos de quienes han podido pagárselos. Dicho esto, me temo que no hay más remedio que volver a insistir en lo que no pocos filósofos, políticos y periodistas han afirmado en los últimos meses: si la gestación subrogada se justifica por la premisa de que la paternidad es un derecho, entonces algo definitivamente no funciona porque, al contrario, la paternidad no es un derecho: es una aspiración, un deseo, un proyecto, pero no un derecho. Hay diversas razones por las que una persona no puede ni debe ser padre ni madre por mucho que lo desee, y esas razones no menoscaban su integridad ni su autonomía. Por lo tanto, no se puede ser padre a cualquier precio.

Los muchos esfuerzos, costes, disputas, viajes, noches sin dormir y demás sacrificios invertidos en tener un hijo mediante la gestación subrogada pueden resultar loables, incluso admirables, pero no justifican el fin que persiguen. Hablamos de un principio ético básico: si el fin no justifica los medios, tampoco unos medios loables justifican un fin injusto. Y por mucho que el pensamiento débil haya campado a sus anchas hasta el punto de tener una sociedad infantilizada y convencida de que tiene derecho a todo, y de que si no siempre puede saciar su deseo acudiendo al mercado (lo que implica poder devolver el producto si una vez adquirido no le satisface), lo que sí hay que proteger es el derecho de las mujeres a no ver su cuerpo convertido en una maquinaria industrial. Y si esto se traduce en la frustración de algunos, por mucho dinero que tengan, pues ánimo, que aquí frustraciones acarreamos todos. Lo contrario sería una barra libre deshumanizada.

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