Tragar: VII. Hola (II)

"Hace mucho tiempo que no le escribo, pero es por una buena razón. Ahora soy un hombre distinto, nuevo. Debería verme, doctor. Usted lo llamaría una recuperación. Yo, renacer de las cenizas.

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Tragar: VII. Hola (II) / Rosell

From: Manuel Barroso Ruiz <mambrub@hotmail.es>To: Bruno Relimpio Tirado <breti@gmail.com>Date: vie., 29 jun. 2018 00:32Subject: None

Estimado doctor Relimpio:

SÉ que hace mucho que no le escribo, pero es por una buena razón. Durante este tiempo han pasado cosas. Ahora soy un hombre distinto, nuevo. Debería verme, doctor. Usted lo llamaría una recuperación. Yo, renacer de las cenizas. Hace unas semanas toqué fondo. Estuve varios días sin salir de casa y cuando al fin lo conseguí lo primero que hice fue entrar en el DIA, ir derecho a los donuts y comerme 14. Me abalancé sobre ellos, desgarré los envoltorios y me los zampé enteros, uno tras otro. Dos reponedores trataron de reducirme sin éxito. Me persiguieron por los pasillos. Luego calle abajo. No paré de correr hasta que los perdí. Vomité nada más llegar a casa. Exhausto, me volví a acostar. Entonces le hablé a mi madre muerta. Le dije que (como todas las madres) tenía razón: mi hígado es paté, hay margarina en mi aorta, batido de chocolate en el páncreas. Le grité que si me abría un agujero en el brazo de él afloraría un grumo de manteca como dentífrico saliendo del tubo. Probé a hacerlo, me revolqué por el suelo igual que lo había hecho durante el numerito del súper y manché las baldosas de sangre alta en colesterol. Soy Tarrare, doctor, soy Charles Domery, mi estómago es un pozo sin fondo, mi garganta es una bajante, me paso las noches sudando, eructando, el vapor y los gases fétidos que emanan de mi cuerpo son visibles a contraluz, soy Eresictón y acabaré comiéndome a mí mismo. La comida es mi droga, soy un drogadicto, la comida es porno duro, soy un sátiro, la comida es lo único que me hace feliz. He de aceptarlo. He de abrazar las explosiones súbitas de rabia salvaje y esos largos periodos de letargo. Hibernar y alimentarme. Vivir para la comida. Ese es mi propósito. Al fin lo he comprendido. Por eso ahora soy un hombre nuevo. Por eso ahora las cosas irán a mejor. ¿A quién le hace falta nada más? ¿Quién necesita amigos? Todo va a ir bien y punto. Dodi me dijo que en la grabación de Getting Better Lennon añadió el verso "Couldn't get no worse" al estribillo "It's getting better all the time" y eso me dio que pensar porque es la pura verdad: todo irá bien porque ya no puede ir más a peor. Dodi también me dijo que adoptara un perro. Si tuviera perro me lo comería. Esos consejos de mierda… Comilones Anónimos es una pérdida de tiempo. Nadie allí merece la pena. Dodi es una forma de vida basada en el histrionismo. Yo solo buscaba amigos, doctor, una conexión, como esa voz por radio de las películas posapocalípticas: si estás escuchando esto, no estás solo, eres uno de los míos; si eres uno de los míos, podrás encontrarme. Pero no. No hay nadie. Lo peor es que miento. No estoy solo. Estamos rodeados de personas. Gente a la que pides auxilio y que miran a otro lado. "Bastante tengo ya con lo mío". No quieren que los toques. Mejor míralos a través de una pantalla. Existen dos mundos, doctor, y nunca coincidirán: el de ahí fuera, la calle, y el virtual. Ahí fuera nadie se conoce. Nadie es nada. Dentro de la web, cualquiera es Dios. De repente, en este planeta todos saben de todo, todos tenemos las manos limpias, inmaculadas, blancas como relámpagos. Pero nos equivocamos. Somos una inmensa panda de ignorantes. De Maestros Liendres. Aporreando teclas. Monos operando sofisticadas máquinas. Opinando sin cesar. Viviendo para el chachareo. Venderías tu alma por llevar la razón. Por poseer la Verdad Absoluta. Y que el resto lo vea. No importa cómo. ¿Sabe usted qué hizo Barry Williams? ¿Y Marvin Heemeyer? Un artefacto explosivo improvisado. 50 balas de fabricación casera. Un revólver. Dos pistolas. Un buldócer acorazado con la capacidad de demoler la mitad del pueblo que te ha dado la espalda. Hombres con un propósito, igual que yo ahora. Soy otra persona. No le miento, doctor. Lo que siento es profundo, es intenso y es sincero. Me he transformado. Hay una cara nueva en el espejo. Está hinchada, es deforme y no es la mía. Mis dientes son marrones. Mis dedos amarillos. ¡Qué milagro! Quería que los demás también lo vieran. Ya no bastaba con usar las hipodérmicas de la insulina para inyectar raticida en trozos de queso. Había pasado de la desesperación al éxtasis y tenía que demostrarlo. Bajé a la casa de mi vecino. Se asustó al verme. Creía que le haría daño. Se sacudió sobre sus cartones y mantas. Yo solo le había hecho un bocadillo. Le dije que se lo comiera y él se negó. Dio un manotazo. El bocata desperdigado por la acera. Craso error. Sucio mendigo de mierda. ¿VAS A RECHAZAR LA COMIDA? ¡QUIÉN COÑO TE HAS CREÍDO PARA RECHAZAR ASÍ LA COMIDA! Fue como patear una patata vieja, como si en lugar de un ojo estuviera hundiendo mis llaves en un flan. De vuelta a casa di un rodeo, me detuve frente a un rosal, arranqué una rosa, la mastiqué y me la tragué. Sabía a chicle. Pensé en la pierna de Dodi al horno. Luego en la de mi vecino.

Mi vecino es mi perro.

Lo tengo que adiestrar.

Lo tengo amarrado en el patio de atrás.

Allí montaré una buena barbacoa.

Qué felicidad, doctor. Ansío compartirla con usted. Se lo debo. Al fin y al cabo, usted me ha hecho así. Tiene que saberlo: esto es lo que pasa cuando dejas que la naturaleza humana siga su curso.

¿Estará su hija en casa?

Espero que se alegre de verme.

Afectuosamente, M.

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