Está claro que las ideologías no son lo que eran y, si había alguna duda, el congreso anual de los conservadores británicos ha venido a despejarla: los torys han lanzado allí la idea de que van a poner fin a un modelo económico averiado del Reino Unido, basado exclusivamente en salarios bajos, empleo poco cualificado y una baja productividad crónica. No sé si les suena. La ministra Priti Patel, hija ella misma de inmigrantes indios afincados en Uganda antes de desembarcar en el Reino Unido, en su discurso acusó a los empresarios, ante un auditorio abarrotado de entusiasmados conservadores, de haber disfrutado durante demasiado tiempo de una inmigración de bajos costes y salarios. También Boris Johnson, en su intervención de clausura, entre el entusiasmo de los más distinguidos representantes del conservadurismo británico, afirmó: "Nos embarcaremos en un cambio de dirección de la economía del Reino Unido que era necesario desde hace mucho tiempo. No regresaremos al mismo viejo modelo fallido de bajo salarios, bajo crecimiento o mano de obra poco cualificada". Si no fuera porque culpaba de todos esos males a los inmigrantes, y no al capitalismo salvaje o al liberalismo desbocado, su discurso parecería más propio del mitin que días antes habían celebrado nuestros líderes sindicales y la ministra Yolanda Díaz, para celebrar el centenario del Partido Comunista de España. Pero es demasiado evidente que las mencionadas conclusiones del congreso conservador sólo son trampantojos ideológicos: que los mismos ultraconservadores adoradores de Margareth Thatcher -personaje obsesionado en humillar al sindicalismo inglés y despreciar sus reclamaciones de mejoras salariales, por el cierre de las minas o la privatización de los servicios esenciales- sean los que ahora dicen, sin el menor rubor, defender un modelo de cualificación de los trabajadores, de salarios más altos e inversión pública, sólo puede ser una broma pesada del clown Boris. Lo más inmoral es que no lo dicen por mejorar las condiciones laborales o corregir las desigualdades, sino por algo tan peligrosamente tóxico como excitar entre los trabajadores, y la ciudadanía en general, el odio xenófobo al inmigrante: el verdadero motor emocional del Brexit. Ajenos a la realidad, no quieren ver como éste zozobra y parecen, dicho con palabras de Isaiah Berlin, hipnotizados por el sueño de un pasado fabuloso y de un futuro irrealizable.

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