Los viejenials somos obedientes. Sobre todo, cuando queremos mantener el pellejo. Nos tomamos las covidmendaciones en serio. Tuve el placer de compartir mesa, mantel y amena conversación en un almuerzo muy modélico. En una terraza de domicilio particular de revista de casa y estilo. Metros cuadrados a cascoporro, distancia medida entre comensales, la cristalería, la cubertería, las servilletas y los botecitos de hidrogel. Un paraíso perdido a ojos de un neotieso militante. Disfrutamos las cuatro parejas de muy querida compañía, manjares, bebidas y conversación. En esto se me pasa por la cabeza un flas surrealista. El ángel exterminador, la película de Buñuel que se estrenó hace 58 años. Con la exageración que me caracteriza me monto la película en tiempos del Covid-19. En lo de Buñuel, el director que afirmaba: "Soy ateo gracias a Dios", el filme caricaturiza a la burguesía. Retrata como un grupo de personas a la salida de la ópera asiste a una cena en un casoplón de México D.F. En la más honda tradición del arriba y abajo, los invitados maqueados de gala y joyas disfrutan del amor y brillo mientras el servicio doméstico anda mirando el reloj para salir por patas. Cuando finaliza el convite y tras ponerse como "el tenazas", en la película, los protagonistas se encuentran atrapados en el comedor. Se quedan encerrados durante horas y días. Comienzan los roces como en un programa de telerrealidad, los reproches y las necesidades. Pasa el tiempo y la convivencia degenera, se pelea por las sobras y cunde el desorden en una caída interminable por el abismo moral. Acaban comportándose como fieras. Pues con estas referencias peliculeras, imagínese mi feliz paranoia. Así que con muchos agradecimientos y a una hora prudencial dejamos a la familia anfitriona en paz y nos despedimos sin abrazos, ni sospechas. Con ganas de volvernos a celebrar y ver. Esta asociación angelical estaría provocada por la vecindad del veranillo de San Miguel, un calorcito amargo donde en vez de la protección de un ángel o arcángel San Gabriel, nos toca las narices, la salud y la billetera el virus exterminador. Vienen más restricciones que nos están convirtiendo en lobos. Lobos esteparios de seis en seis... La economía se hunde y no van a quedar empresarios a los que caricaturizar. Curiosa solución. Nos animan al optimismo. Y créame que servidor obedece y lo intenta: sobrevivir. Lo mismo que usted, supongo.

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