En tránsito

Una acusación

Los delatores que denuncian infracciones ideológicas son los protagonistas más notorios de nuestra época

Hace poco, un estudioso publicó un artículo en el New Yorker en el que afirmaba que la escritora Flannery O'Connor era racista. ¿El motivo? En alguna de sus cartas, la escritora hacía comentarios irónicos sobre sus vecinos negros (O'Connor se pasó casi toda su vida en una granja del Profundo Sur americano). Esos comentarios -muy livianos- no tuvieron ninguna trascendencia, porque en ninguno de los relatos publicados por O'Connor -que se cuentan entre los mejores relatos escritos en el siglo XX- se puede hallar la más mínima referencia hacia los negros que pueda considerarse ofensiva o humillante. Al contrario, los negros que aparecen en los relatos de O'Connor están tratados con una gran dignidad. Son figuras distantes y silenciosas en las que se adivina una insoportable carga de sufrimiento. Pero aun así, ese ensayo bastó para considerarla racista. Y cuando estallaron las protestas por la muerte de George Floyd, esta acusación tuvo consecuencias. Una universidad católica americana -y jesuita, por más señas- se apresuró a retirar el nombre de O'Connor de un dormitorio para estudiantes. Y en las redes sociales empezó a circular la terrible acusación: "Flannery O'Connor era racista. Cuidado con ella. Podemos leerla, sí, pero sin olvidar que era racista".

Es asombroso. Flannery O'Connor nació en 1925 y murió en 1964, en una época en que la segregación racial formaba parte de la vida del Sur americano. Fue una mujer católica que sólo salía de su granja -que se llamaba Andalusia- para ir a misa y que jamás tuvo parejas ni relaciones sentimentales. Crió pavos reales y heredó de su padre una enfermedad autoinmune que la condenó a morir muy pronto. Vistas sus condiciones de vida, podía haber sido la típica solterona amargada que volcaba su resentimiento en el odio a los negros. Pero O'Connor siempre se manifestó -en público y en privado- a favor de los derechos civiles de los afroamericanos (cosa que exigía una gran valentía en aquel momento). Y aun así, ha bastado que un estudioso convertido en delator -los delatores que denuncian infracciones ideológicas son los protagonistas más notorios de nuestra época- la haya acusado de racismo para que la condena haya caído sobre ella: "Flannery O'Connor era racista. Cuidado con ella. Podemos leerla, sí, pero sin olvidar que era racista".

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