De rebote

José Manuel Olías /

andalucía

ES el día 28 de febrero, aunque el andalucismo más purista reclame que debería ser el 4 de diciembre. Es el día de Andalucía. Como en cualquier generalización, los tópicos abundan. Se leen textos sonrojantes en un sentido y en otro, de crítica y de palmas. La sublimación de la molicie, por ejemplo, se ve utilizada como una burla o como un motivo de orgullo. De ambas cosas entiende esta tierra, en que la que seguramente un onubense de Aracena y un almeriense de Pulpí tienen poco que ver. O no. Uniformar y definir un territorio que es más grande que varios de los países que forman la Unión Europea es una tarea ardua y seguramente injusta. Clichés hay para aburrir, pueden escoger los que quieran, los pudieron escuchar o leer ayer. Y todo el año.

Soy gaditano, estudié y viví durante seis años en Sevilla. Más viví que estudié, lo admito, tampoco es cuestión de hacerse el interesante. Aunque también estudiara algo, al menos me dieron un título de licenciado en Periodismo. Llevo más de una década en Málaga. En ningún sitio me he sentido extraño, por más que la tradicional hospitalidad andaluza sea a veces otro cliché. Muchas veces me he reprochado no haber salido fuera, preferentemente al extranjero antes que a otro lugar de España, a vivir de manera más o menos prolongada. El viaje, por trabajo o por placer, no otorga esa distancia necesaria. Seguramente los kilómetros harán valorar de distinta forma lo que es esta tierra. Por lo menos, para enunciar con propiedad ese tópico de que como en Andalucía no se vive en ningún sitio. Como no he vivido en ningún otro sitio, no puedo decirlo. Donde digo Andalucía pueden poner cualquiera de las ocho provincias si el concepto regional no le satisface. Que también hay andaluces que reniegan de ello y no pocos critican a los no andaluces que reniegan de españoles.

En fin, con sus miserias y sus bendiciones, su luminosidad y sus imperfecciones, ésta es Andalucía, tan grande y tan pequeña, donde todo cabe. Desde el pelotazo y el mangazo hasta la ruindad, desde el pico más alto a los kilómetros de costa. De indeseables y de buenas personas está llena. En el fondo, no tan diferente, aunque siempre distinta.

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