El desenfoque

raquel / Garrido

Diez años de reproches

ME resulta triste, muy triste, que diez años después del aniversario que ha sido el mayor atentado terrorista sufrido por nuestro país todavía se sigan oyendo los reproches políticos de unos y otros ante tan magna catástrofe. No puedo entenderlo. Casi 200 personas dejaron su vida en aquellos trenes que saltaron por los aires ante las bombas colocadas a sangre fría y sin piedad por auténticas bestias sin escrúpulos que sesgaron para siempre la ilusión de otras miles de víctimas entre familiares y heridos que no podrán olvidar semejante barbarie. Y eso es lo que verdaderamente importa. Las investigaciones policiales y las resoluciones judiciales, como casi siempre, no siempre son lo resolutivas y concluyentes como cabría esperar. Pero hay algo incuestionable y es que por encima de todo debe prevalecer el respeto hacia las víctimas. Hacia los que murieron aquel 11 de marzo de 2004, sus familias y los personas que sobrevivieron a aquel horror, pero que han quedado marcadas para siempre. Sólo por ellos, por su memoria, por su recuerdo debería imperar la cordura después de tantos años y dejar que las víctimas de aquel trágico atentado descansen en paz. Echo en falta el sentimiento de unidad que se crea en otros países civilizados cuando ocurre algo así. Todos a una. Todos con las víctimas y todos en contra de sus autores. A EEUU se les podrá reprochar muchas cosas, pero desde luego me parece envidiable como el país se une frente a catástrofes de esta envergadura aflorando un patriotismo enfebrecido. Lo mismo ocurrió ante los atentados de Londres ocurridos un año después del 11-M o, salvando las distancias, en Noruega el verano de 2012. En todos ellos lo que importaba eran las víctimas y esclarecer lo sucedido sin buscar conseguir réditos políticos. Pero aquí preferimos estar a la gresca siempre y hasta los atentados más cruentos ocurridos en la historia de España son un buen motivo para que a estas alturas todavía haya quienes aprovechen cualquier oportunidad para echarse en cara lo ocurrido. Y por desgracia en ese juego entran no solamente los políticos. Demasiados actores interesados, demasiada demagogia, demasiados reproches, demasiada manipulación y demasiada falta de respeto hacia aquellos que perdieron su vida y a la sociedad que presenció aquel horror. Diez años deberían ser suficientes para enterrar de una vez el hacha de guerra y aprender de lo vivido para que nunca tengamos que vivir de nuevo esa pesadilla.

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