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Entre brote y rebrote

Sorprende que tras el susto inicial, las noticias que vayan llegando sean tan intranquilizadoras

Era el año 1854 cuando un observador médico inglés, ante el mayor brote de cólera que estaba viviendo la ciudad de Londres, se decidió a buscar su origen. Partiendo de cada enfermo fue georeferenciando en un plano tanto su domicilio como las fuentes de agua de las que se abastecía. Gracias a ello, John Snow y su mapa del cólera conformaron las bases de la epidemiología en medicina y de la teoría de grafos en matemáticas, y lograron, a partir de ello, encontrar el foco de la enfermedad en la bomba de agua de Broad Street. De este trabajo tan concienzudo se derivan hoy las herramientas que han permitido detectar rápidamente el origen del brote de listeriosis en que estamos inmersos, ahora queda la celeridad médica y política para atajarlo.

Sorprende que, tras el susto inicial, las noticias que vayan llegando sean tan intranquilizadoras. Por una parte nos informan de que han pasado al menos dos años sin que se inspeccionara la planta de esta empresa. Por otra parte, en plena era del correo electrónico y de la información instantánea, se habla del envío de burofaxes requiriendo permisos de acceso a sus instalaciones. Evidentemente una alerta alimentaria debiera ser considerada de forma algo más seria y urgente que el puro procedimiento administrativo, o al menos esa esperanza tenemos en nuestros políticos municipales y regionales cuando los elegimos.

El simple hecho de que los inspectores hayan tenido noticia de la existencia de otras marcas blancas de distribución paralela, debido a una comunicación privada entre el fabricante y sus vendedores, es inaceptable. Si la información es realmente así, se han ocultado datos a la administración y a los ciudadanos que requiere de medidas disciplinarias más contundentes. Y no es por la gravedad de la enfermedad, aunque empiece a tener consecuencias irreparables, sino por la actitud de compadreo y de quitar hierro al asunto que se percibe en este caso.

Ya hemos vivido circunstancias similares en el pasado y tanto el aceite de colza como las vacas locas o la gripe aviar deberían habernos hecho más rigurosos ante las alertas de este tipo. Porque un país como el nuestro, que se ha convertido en uno de los mayores productores de alimentos del mundo, no se pude permitir estos errores. La alerta internacional lanzada, donde pagarán justos por pecadores, es necesaria pero ¿aprenderemos a no volver a cometer semejantes fallos?

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