La primera vez que cometieron la imprudencia de dejarme entrar a un medio de comunicación fue en la radio, en la Delegación de RNE en Marbella, donde pasé un verano aprendiendo el oficio. Corrían los años de Jesús Gil, quien prefería ahorrarse las comparecencias públicas en la época estival pero tenía la costumbre de convocar una rueda de prensa en plena canícula para ponerse al día con la prensa, siempre a su manera. Aquel año acudí, un tanto expectante, a ver cómo se las gastaba el alcalde. Y he aquí que Gil apareció, en bañador, en chanclas y con una camisa estampada y sin abrochar del todo que garantizaba el lucimiento de su torso rebosante y peludo. Recuerdo que fue una rueda de prensa un tanto atípica en su formato: Gil iba leyendo titulares seleccionados de entre los periódicos que había ido guardando y se dedicaba ipso facto a explicar directamente a los periodistas responsables, uno a uno, por qué lo que habían escrito era mentira. Lejos de disponer de los turnos de preguntas habituales en cualquier rueda de prensa, los mismos periodistas tenían que darse a valer para replicar al alcalde, quien era muy dado a hablar y poco inclinado a escuchar. Y si alguien quería preguntar sobre cualquier asunto, no tenía más remedio que esperar a las pausas en las que el alcalde aprovechaba para beber agua. Por aquel entonces Gil empezaba a verle la boca al lobo por sus excesos urbanísticos, aunque su respuesta a las informaciones al respecto eran, claro, más anuncios de nuevas promociones. Habló entonces de su empeño en construir la universidad y otros proyectos de envergadura. Mis compañeros ya estaban más que acostumbrados, pero a mí aquella comparecencia me resultó fascinante. Jesús Gil hablaba con aquel tono de hombre autoritario pero honesto, de quien se dirige a ti con el corazón en la mano, de quien no da su brazo a torcer, ajeno a cualquier síntoma de democracia (la posibilidad de que el adversario tenga razón) pero con sus mejores intenciones. Como un padre.

Leí que la HBO prepara una serie documental sobre Gil y me acordé de aquel verano y de aquella camisa. Si nos atenemos a lo que queda de Gil en Youtube es muy fácil verlo como un personaje de parodia, como un ricachón eternamente metido en una piscina con modelos que no dudaba en aliarse con quien pudiera resultarle útil, independientemente de su catadura moral. Pero lo que nunca habría que olvidar, y en lo que más habría que incidir, es el apoyo popular con el que Gil contó hasta el final. En este sentido, jamás supo lo que es una derrota. Ahora que la Costa del Sol vuelve a ser un territorio sin ley con demasiados muertos a las espaldas, cabría preguntarse cuántos lo echan de menos. Pero seguramente la mayor herencia de Gil tiene que ver con la sacudida de complejos del totalitarismo: si hoy día se puede presumir con total anchura de ser partidario de la defenestración de las libertades y las diferencias se lo debemos a él. Y lo que te rondaré, morena.

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