Club Dumas

La casta de las rastas

Habrá sido un orgullo presumir de su aforamiento y acudir presto a que lo enjuicie el Supremo

Hace ya una década que se produjo un espejismo en la política española. Unos nuevos partidos, que se les llenaba la boca con la regeneración democrática y que acusaban a los demás de ser una casta, aparecían en escena dispuestos a resolverlo todo. Pero no ha hecho falta que pase mucho tiempo para que se mimeticen con el resto y, no solo no cambien lo que había, sino que exijan más beneficios aún que el resto de los ciudadanos. Y esto hace que su nivel de credibilidad haya tocado fondo.

Sin duda es un grave delito golpear a un policía. Solo ello sería suficiente para que alguien se planteara si debiera ser representante público ante tal desacato a la autoridad. Pero este curriculum oculto suele ser parte de la sorpresa que cada día nos vamos encontrando en estos jóvenes revolucionarios. Muchas palabras, muchos mensajes ejemplarizantes, mucho discurso para arreglar el mundo, pero muy poca vergüenza para respetar a los que velan por nuestra seguridad. Es lógico que después, estos mismos políticos, sean capaces de simpatizar con otros que representan a los que descerrajaban un tiro en la cabeza de cualquier guardia civil o en cualquier otro ciudadano que se les apetecía.

Para el diputado de Podemos, con esas rastas tan modernas y esas formas de comportarse tan antiguas, habrá sido un orgullo presumir de su aforamiento y acudir presto a que lo enjuicie el Tribunal Supremo. Los demás ciudadanos no tenemos tales facilidades, y menos aún de tener de nuestra parte a la Fiscalía y al abogado del estado según se tercie. Por tanto, y una vez condenado en firme, como ya lo fueron en el pasado otros de diversos partidos, querer evitar la inhabilitación es de un descaro supino y le sitúa donde siempre han querido estar: en la supercasta que ni cree en las leyes ni está dispuesta a cumplirlas. Y no solo eso, sino que ha puesto en un brete a la segunda máxima autoridad del Estado con tal de salirse con la suya, lo cual ha sido un ejemplo mayúsculo de intento de corrupción institucional.

Pero el paso del tiempo está dejando sus secuelas ante tanta maniobra torticera. Los resultados electorales en Galicia, donde Podemos ha desaparecido; el País Vasco, donde es testimonial; y Madrid, donde no los quieren ni los que compartían sus siglas, hacen presagiar un negro futuro. Y seguir en el gobierno atizando y denunciando a sus propios aliados solo puede desembocar en su desastre final.

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