Una crisis extraordinaria

En el separatismo catalán ganaron otra vez los halcones que han hecho fracasar el diálogo

No es la primera vez que un gobierno pierde el apoyo mayoritario de la Cámara ni, probablemente, será la última. En estos casos, o el Parlamento elige un nuevo presidente o se convocan elecciones. Los dos supuestos han ocurrido en esta legislatura y en los dos ha operado la normalidad constitucional. Por tanto, no cabría hacer mayores aspavientos que los lógicos al producirse un adelanto electoral con unos resultados futuros inciertos. Se podrá lamentar la ocasión perdida de aprobar unos presupuestos de indudable carácter social o la imposibilidad de culminar proyectos que quedarán sin tramitar en el Parlamento y que significaban mejoras para la mayoría de la sociedad civil, pero eso entra dentro de las dinámicas políticas de un sistema de democracia parlamentaria. Hasta aquí, por tanto, estamos ante una crisis gubernamental que, aunque infrecuente, no deja de estar dentro de la normalidad.

Lo que la hace extraordinaria a esta crisis es la causa que ha desencadenado esta pérdida de la mayoría. Se puede decir que el camino de diálogo practicado por el presidente Sánchez se ha encontrado, al final de este corto recorrido, con una actitud inflexible y maximalista de los grupos políticos catalanes. Y esto sí tiene una gravedad que trasciende a la coyuntura del momento. Porque al final, el soberanismo, preso de sus propias divisiones y desconfianzas, ha tenido miedo a asumir una negociación abierta y ha optado por refugiarse en el victimismo. No se entiende de otra forma que unas conversaciones que avanzaban con dificultad se fuercen hasta el punto de poner como innegociable precisamente la causa central de la discrepancia: el derecho a la autodeterminación. Nadie, que de buena fe busque el acuerdo a través del diálogo, puede poner en primer plano como elemento inexcusable lo que sabe de antemano que nunca será admitido.

En el separatismo catalán ganaron otra vez los halcones que han hecho fracasar el diálogo y han dejado a la cuestión catalana sin la única vía de solución razonable y posible. Es verdad que la bandera del diálogo nunca debe ser arriada pero lo cierto es que este desplante la sitúa como un deseo frustrado que habrá que ofrecer como única salida a la sociedad catalana, pero que ha dejado de ser, por algún tiempo, un instrumento útil de la política parlamentaria. Por eso, esta crisis es algo más que una crisis de gobierno y lo que se rompió la semana pasada en las Cortes fue algo más que una mayoría parlamentaria.

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