Los duelistas

Con poco más de cuatro meses por delante, el nuevo presidente no deja de ser un futuro candidato

Estaba cantado. Dieciséis son más que más que catorce. Salado sería presidente de la Diputación y lo fue. Solo podía aguarle la fiesta que a Ciudadanos le diese un barrunto y cambiase de bando. Nada probable una vez que la distancia con el PSOE aumenta cada día hasta hacerse insalvable. E imposible desde el momento en el que cada fuerza de izquierda presentaba su propio candidato, impidiendo la hipotética suma. Reglamentariamente, el rechazo a la candidatura popular debía manifestarse mediante el apoyo a otra mejor y todos coincidieron en encontrarla en sus menguadas filas.

Si la elección de cualquier candidato demanda un mínimo análisis, la apuesta socialista exige una reflexión en profundidad e independiente de los méritos que pueda albergar la persona. Reflexión centrada en la única condición que le hacía realmente diferente de los demás: horas antes, había anunciado la renuncia a su puesto en la Diputación que pretendía presidir para pasar al Parlamento andaluz. Lo que, más allá de la lógica de las matemáticas, hacía absurdo cualquier apoyo que no fuera el meramente disciplinario. Con poco más de cuatro meses por delante, el nuevo presidente no deja de ser un futuro candidato. Condición que comparte con los fallidos aspirantes. Y en esto, el PSOE perdió una oportunidad de oro el pasado sábado. Francisco Conejo se despidió de la entidad supramunicipal para perseguir a Bendodo hasta Sevilla en un gesto propio del mismísimo Gabrile Feraud, en Los duelistas de Joseph Conrad. Soltó su arenga y explicó las cien mil razones por las que no es bueno un gobierno popular en diputación. A Bendodo, como al teniente D´Hubert, la guerra le ha proporcionado un ascenso que momentáneamente le librará de algunos duelos, mientras que Salado intentará sacar brillo a sus nuevas charreteras de general cara al próximo enfrentamiento de mayo. Frente a ellos, la lectura que sobrevuela las filas socialistas es que, desaparecido el portaestandarte, nadie es digno de dicho honor. Y sin abanderado a quien seguir, la victoria es simplemente imposible.

El resultado de las últimas elecciones andaluzas exige una reflexión en la izquierda que no puede ignorar preguntarse si los actuales protagonistas de la novela son los idóneos para esta historia. Aunque la respuesta no es fácil, una cosa sí es cierta: la solución no parece que sea negar cualquier recambio, incluso por uno de tus acólitos.

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