AUNQUE, finalmente, se ha solucionado, el caso Soria ha sido un nuevo ejemplo de la extraña capacidad que tiene el PP y su presidente, Mariano Rajoy, de complicarse la vida políticamente en los momentos más inoportunos. No hacía falta tener una gran inteligencia política para comprender que nombrar al ex ministro de Industria José Manuel Soria como representante de España ante el Banco Mundial era un auténtico disparate que iba a levantar una ola de indignación en la opinión pública -como así ocurrió-. En unos momentos en los que la tolerancia con la corrupción política es mínima y en los que las pretensiones de Rajoy de formar Gobierno parecen cada vez más una quimera -entre otros aspectos porque sus adversarios políticos le acusan de excesiva tolerancia con la corrupción-, la propuesta de nombramiento del político canario, quien había tenido que renunciar a su sillón en el Consejo de Ministros por aparecer en los papeles de Panamá, resulta muy difícil de comprender. El escándalo ha sido tal que, incluso, ha provocado airadas protestas en el interior del normalmente disciplinado PP. Con el caso Soria, Mariano Rajoy se ha complicado absurdamente la vida y vuelve a dar una imagen de persona timorata ante la corrupción política. Aunque su entorno está haciendo lo imposible por descargarlo de cualquier responsabilidad y por culpar al ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos, de este dislate, lo cierto es que resulta muy difícil creer que se pudo tomar decisión tan importante sin el conocimiento del presidente del Gobierno. Lo peor es que la metedura de pata vuelve a correr una cortina de sospecha sobre el PP y a fomentar la imagen de los políticos como cínicos y aprovechados. Es decir, se les vuelve a dar argumentos a los populistas, siempre dispuestos a generalizar. En la propuesta de nombramiento del ex ministro de Industria no hay ninguna ilegalidad, pero conculcaba una ley básica en política: "La mujer del César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo". En unos momentos en los que el PP -un partido muy tocado por los casos de corrupción- debía dar una imagen de limpieza absoluta para facilitar en lo posible la difícil investidura de Rajoy como presidente del Gobierno, se ha hecho todo lo contrario: proyectar una imagen de partido amiguista, "de casta" y con pocos escrúpulos. Un error ridículo y en el peor momento cuyas consecuencias veremos en breve.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios