En más de una ocasión me han comentado que sería un buen profesor. Quizá tenga algunos rasgos propios, pero en conjunto no me veo capaz. Y no solo por falta de vocación, también es cuestión de compromiso y responsabilidad. Un educador es un agente socializador de gran impacto. Un alfarero de mentes y corazones. Alguien que puede crear un cañón, de confeti, de rosas o de misiles. Y nunca podrá ser un buen maestro quien no parta desde la asunción de que esto va más allá de horarios, aulas y directrices. Un maestro es para toda la vida: aun cuando deja de enseñar, queda el recuerdo de lo aprendido. Eres el libro que explicas, un padre puente, un hermano mayor inesperado, un psicólogo en vaqueros, los problemas de quien te boicotea la clase. El gurú de un templo llamado aula, un ojo de Mordor extraescolar.

Podría hacer un esfuerzo y enfocar mi vida a ello. Abandonarme a ser de esas personas que cree que la vocación puede ser hija de la rutina (como si te pudieras enamorar de una persona por repetirle un millón de veces "te quiero"). El rédito económico también lo hace suculento. Pero no me sale. Mucho menos en plena pandemia, con los niños desplazados a un tercer plano: antes no importaban mucho, ahora son una pieza más del tablero político.

Hay un antes y un después de la educación en España con la abolición de la EGB. No lo digo por esa torpe convicción que a veces tenemos de que lo que vivimos en nuestra época es lo mejor, sino por cómo los gobiernos han ido ninguneando la enseñanza y convirtiéndola en un elemento político. Logse, Lopeg, LOCE, LOE, Lomce… Cada vez más han ido dejando de importar los niños en favor de tener en el aula un crucifijo o descolgarlo, de implementar más asignaturas con aroma conservador o progresista. Se ha hecho caso omiso a las imperiosas necesidades de nuevos centros, se han llenado bocas hablando de aulas TIC o centros bilingües que se han quedado como una apuesta de oropel. La cartera de educación suele ser de las últimas en el reparto de los presupuestos a cada legislatura.

En la pandemia nada se enfoca desde lo que necesita el niño. Por eso en centros se avisa a padres de que en invierno niños de 4-5 años deben ir muy abrigados, pues se impartirán las clases con las ventanas abiertas. En mismas situaciones pero en distintos institutos el protocolo es otro. Ha habido meses para preparar el plan de contención del curso, pero quedó en mala broma porque no había dinero, preparación ni ganas en los que debían modelarlo.

Me hice un tatuaje que representa que una pluma es más poderosa que una espada. Para saber usar las palabras, se precisan buenos guías. Ello, a su vez, implica que los que tienen que modelar la enseñanza la entiendan como tal y no como otro criterio económico. Si no, se acaba convirtiendo en un arma de destrucción más IVA.

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