La 'espantá' de Iglesias

Este movimiento de innegable trascendencia no es una resolución precipitada tomada con urgencia

De las muchas consecuencias que puede tener la precipitada convocatoria de elecciones en la comunidad de Madrid la decisión de Pablo Iglesias de abandonar el Gobierno es desde luego una de las más trascendentes. Tratar de descifrar las causas y consecuencias de esta sorprendente iniciativa es un ejercicio al que es difícil sustraerse. Del análisis de esta paso dado por el dirigente de Podemos es más fácil conocer el por qué que el para qué. Era evidente que el dirigente de la formación morada siempre ha preferido el atractivo de la dialéctica agresiva y la polémica pública al trabajo diario y callado de la gestión ministerial, donde evidentemente no ha brillado y, además, sentía como se iba apagando su antiguo esplendor y como, según las encuestas, su apoyo social disminuía continuamente. Por otro lado, su inesperada salida del ministerio constata el fracaso de la singular política que en estos meses ha intentado: ser a la vez gobierno y oposición, pretendiendo pertenecer al Consejo de Ministros sin abandonar actitudes propias de la oposición radical y a veces antisistema. No ha podido salvar esta contradicción.

Lo que está claro es que este movimiento de innegable trascendencia no es una resolución precipitada tomada con urgencia ante la necesidad de encontrar un candidato para unas elecciones autonómicas. Posiblemente el anticipo electoral precipitó la decisión, pero es evidente que esa postura era algo rumiado y analizado desde hace tiempo, porque unas elecciones regionales, por muy importantes que sean, no pueden descabezar de la noche a la mañana un movimiento político que él tan férreamente ha personalizado. Más complejo es adivinar el para qué Iglesias Turrión hace este movimiento. Salvar los muebles en la próxima confrontación electoral no parece razón suficiente, ni nadie se lo imagina siendo el simple portavoz de un grupo minoritario en un parlamento regional o, como mucho, cumplidor consejero del gobierno autonómico. Ese es evidente que no es el fin ni la meta del dimitido vicepresidente. Su interés en señalar a la ministra de Trabajo como sucesora general, aunque no sea el mecanismo más democrático para encontrar un relevo duradero, señala que su decisión tiene más de huida que de movimiento táctico. No es arriesgado pensar que estamos ante una calculada desescalada para preparar su reencuentro con los platós de televisión, con las tertulias políticas y conseguir así ser el oráculo de la supuesta izquierda que no pudo ser.

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