Letra pequeña

Javier Navas

La evolución natural

DA la impresión de que no hay concejales -ni cargos públicos de ninguna clase- tránsfugas; que son los partidos los que se mueven y el político despistado que no se entera a tiempo se queda solo, en el mismo sitio donde estaba al principio. Esta actividad sísmica es tan frecuente que los ciudadanos la perciben como si vivieran en un piso al lado del tren -igual que Brad Pitt en Seven- o bajo la montaña rusa de Coney Island -como Woody Allen en Annie Hall-. Las papeletas electorales tienen el aire de una foto de familia en la que cada cuatro años se van los difuntos y entran retoños y consortes; o la de un equipo de fútbol en la que el que falta es un traidor y el que llega, un redimido.

El Grupo Socialista del Ayuntamiento de Marbella tendrá que cerrar la puerta y tirar la llave, porque su gente echa a correr. Liria Menor era concejal socialista. Ya ni es socialista ni es concejal. Habla de "política sectaria", que lo suyo era representar a los vecinos -los que la votaron-, no al PSOE -que la puso ahí para que la votaran los vecinos-. "He sido un grano para este partido" (no dice dónde). El diario El País recoge una cita de Europa Press, según la cual Menor llama a la falta de consenso para designar al Defensor del Ciudadano "la guinda que colma el vaso". (Otras páginas de internet hablan de "la guinda del pastel". Bah, nada importante. El caso es que la concejal mandó a su partido a tomar espárragos. O a freír viento, según se mire).

Los socialistas han sido más benévolos con Juan Luis Mena, otro díscolo que entró en sus listas como independiente. Mena votó a su aire contra el PGOU, pero, aparte de una sanción por indisciplinado, en el PSOE no expresan mucho disgusto, quizá porque todavía pesa en San Pedro Alcántara y les conviene tenerlo cerca. Sigue siendo concejal después de despedirse del partido, pero sus antiguos compañeros no lo llaman tránsfuga. Señal de que éste es un término más sentimental que técnico.

Los mandantes, y especialmente los de pueblo, cambian de partido como de camiseta, y en agosto se suda mucho. Sus ajetreos dan al gremio un aire vulgar, garbancero; y la política local es la más garbancera de todas, que en el caso de Marbella se acompañaba de chorizo y de pringá. Ningún partido tuvo jamás intención de cumplir esa cosa que se llamaba "pacto antitransfuguismo". Solamente se cita para reprender al otro cuando se lo salta. Los desbandados suelen alegar que ellos no se han movido, que es el partido el que deriva. Son muchos, ¿no tendrán razón? Liria Menor dice que no está conforme con la línea que ahora traza el socialismo marbellí. Ya que es imposible controlar a tanto culo inquieto, quizá se pueda con las organizaciones, más lentas y de menos cintura. Los partidos evolucionan. O degeneran. En cambio, el militante con el que sueñan es el que tiene los incólumes principios de un fósil.

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