Que a los museos de Málaga acudan en estos días entre un 60% y un 90% menos de visitantes respecto al año anterior por culpa del coronavirus es un problema de ciudad rica. De una ciudad en la que todo el que tenía algo que hacer o decir se ha largado, como corresponde a cierta edad, para que las cuentas cuadren gracias al turismo, que es una garantía suficiente como para andar despreocupado: podemos contar con que el sol, la playa y El Pimpi seguirán ahí una larga temporada. Lo curioso es el modo en que Málaga ha pasado a sufrir las tragedias propias de las urbes prósperas, epidemia mediante, sin haber hecho el camino previo. Y me refiero, sí, a la cultura, aunque sólo sea por el hecho de también quiero referirme a los museos. Cuando parecía que el turismo de bronceador y chiringuito se inclinaba por otros municipios, Málaga multiplicó su potencial atractivo haciéndose pasar por algo que no había sido nunca: una ciudad cultural. Salvo raras excepciones, nunca hubo aquí una notable preocupación al respecto. Y no sólo por la carencia de equipamientos, algo que todavía, a estas alturas, nos sitúa en la cola de más de un ranking por no tener ni un auditorio; sino porque, en el fondo, eso de la cultura se consideró, como mucho, un adorno original. Cuando quedó claro que la cultura, o cierta manera de entender la cultura, podía multiplicar los réditos del turismo, Málaga, que no era una ciudad cultural, y que para llegar a serlo tenía que empezar desde el principio un camino decididamente largo y complejo, optó por la solución más sencilla: comprársela. Y la medida surtió efecto, sin que hicieran falta la Capitalidad Cultural de Europa ni otros artificios prescindibles. A partir de este momento, concejal tras concejal, consejero tras consejero, todo el mundo empezó a creérselo: Málaga era una ciudad cultural, pues claro que sí, a ver quién lo pone en duda con tanto museo. Pero una ciudad cultural con caché, que conste. Para los turistas.

Sólo hace unos cuantos años algunos directores del sector público empezaron a preguntarse qué hacer con la gente que, con más o menos fortuna, se dedica a la cultura en Málaga. A hacer cine, música, arte, teatro, literatura. Y, ante la evidencia de que algo chirriaba, cundió cierta preocupación por dar hueco, reservar espacios en las programaciones, conceder ayudas a la producción, crear ciclos para la escena local. Es decir, a los agentes propios, que son los que en otras ciudades han tirado del carro de su definición cultural, en procesos prolongados durante décadas, se les daba su cachito para su particular satisfacción. Y listos. Así, en su aspiración cultural, Málaga ha hecho el camino justo al revés: empezó por el final, comprando el copyright de mayor lustre y ahora que no hay turistas se encuentra con que la cultura propia no tiene raíces y el público local no acude. Málaga bien pudo haber sido la ciudad del jazz, del teatro, del libro. Pero prefirió el turismo y compró museos. Pues turismo y museos tiene.

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