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El franquismo ilegalizado

La propuesta de prohibir la exaltación del franquismo ha contado automáticamente con la oposición de la derecha

Como era de esperar, la propuesta de prohibir la exaltación del franquismo ha contado automáticamente con la oposición de gran parte de la derecha. Los que pretenden impedir que se pueda criticar al jefe del Estado en el Parlamento, los que piden la ilegalización de los partidos nacionalistas o aplauden los procesos por atentar contra una particular moralidad han sido los primeros en expresar sus más airadas protestas por este intento de disminuir la democracia y la libertad de expresión (sic). Es el cinismo político llevado a sus más altos niveles. Pero este vergonzoso alarde dialéctico, cargado de falsedad y desvergüenza, no debe de ocultar la especial complejidad que encierra cualquier decisión que implique una limitación de derechos. Intentar prohibir actos o expresiones de naturaleza política, por más reprobables que nos puedan parecer, es entrar en un campo resbaladizo y complicado que, de no regularlo con exquisita precisión, puede causar el efecto contrario al deseado.

Estamos en una democracia no militante, con una Constitución abierta y tolerante en la que todos sus artículos pueden estar sometidos a modificación y, por tanto, no hay, strictu sensu, ninguna idea proscrita. A los que defendemos que una de las grandezas de la democracia es permitir que sus propios enemigos puedan expresarse libremente, cualquier limitación a este principio debe venir avalado por una propuesta diáfana y fundamentada. Solo la exaltación de la violencia y la incitación al odio deberían ser los argumentos para coartar actuaciones y expresiones políticas y solo por ese camino podría justificarse su existencia. Iniciar regulaciones que limiten la libertad de expresión nos sitúa en campo peligroso que podía dar argumentos a posiciones contrarias que pretendían recortes democráticos de otro sentido.

Es cierto que en Italia y Alemania, con experiencias traumáticas parecidas, articularon prohibiciones y condenas a formaciones políticas culpables de tanto sufrimiento. Pero estas decisiones se adoptaron en un momento histórico distinto, con la herida abierta del mayor genocidio de la historia y con sus dramáticas consecuencias en carne viva. Y de hecho, ni esas prohibiciones ni otras de igual carácter han impedido que a la vuelta de muchos años renazcan en casi toda Europa movimientos populistas y autoritarios que son los verdaderos adversarios y a los que hay que combatir con las mejores armas democráticas: la razón, el voto y la palabra.

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