Las fronteras que nos oprimen

Hay europeos que quieren seguir dinamitando desde Cataluña la unidad de mi propio país

Jueves noche, salón de actos del rectorado de la Universidad de Málaga. En un ambiente académico y cordial diversas mujeres de las comunidades judía, cristiana y musulmana debaten sobre el papel de cada una de ellas en sus respectivas religiones. El público agradece esta riqueza de conocimientos compartidos que les lleva a estar más cerca y entender mejor a los demás. Mientras tanto, en las antípodas de este lugar y también en las antípodas de este pensamiento, un degenerado graba en directo como consuma medio centenar de asesinatos sin piedad ni arrepentimiento algunos. Y curiosamente, sus ideas supremacistas parecen venir del mismo continente europeo que es el modelo buscado por los grandes movimientos migratorios actuales. ¿Cómo podemos ser a la vez cuna de grandes valores y origen de los peores pensamientos? Este dilema siempre ha estado presente en la esencia de Europa, y ambivalencias como la ilustración y el fascismo, o la comunidad económica y el estalinismo, surgen de idénticos lugares. Es decir, somos capaces de lo mejor y de lo peor a la vez. Pero va siendo hora de que cada uno sepa donde situarse. Porque con tanta polaridad acaba habiendo europeos orgullosos de la caída del muro de Berlín, y de la unión de las dos Alemanias, y otros que quieren seguir siendo también europeos pero dinamitando desde Cataluña la unidad de su propio país.

Es sin duda muy preocupante que el asesino de Nueva Zelanda haya ido profundizado en su radicalismo ideológico tras su viaje por Europa, y especialmente que haya recalado en España. Si bien es cierto que una mente desequilibrada es un caldo de cultivo perfecto para todos los extremismos, no es menos cierto que muchos de estos principios supremacistas están demasiado presentes en la política actual. Todos aquellos que buscan el cierre de fronteras, especialmente las que existen en su imaginación, o los que seleccionan a la población y exigen privilegios inherentes a su lugar de nacimiento o su lengua, deberían hacérselo mirar. En el fondo se autodenominan patriotas pero no están más que provocando un odio hacia los demás que los va encerrando en sus minúsculas fronteras, haciendo que tanta opresión reviente de la forma más violenta e intolerante posible. Por ello, como diría el poeta argentino Charly García de estos individuos: "A amar la patria bien nos exigieron, si ellos son la patria, yo soy extranjero".

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